LA LEY DE LOS CAÍDOS
TAMBIÉN HAY ÁNGELES CAÍDOS EN MADRID. DESCÚBRELOS
BALADA DE LOS CAÍDOS y LA LEY DE LOS CAÍDOS (D. D. Puche) son novelas de fantasía gótico-noir que nos introducen en un mundo de ángeles
caídos desterrados entre los mortales debido a su rebeldía ancestral. Una magistral combinación de magia, terror y misterio.
Hasta
los ángeles caídos, los Malditos, tienen una ley que cumplir; la supervivencia de su mundo, oculto a los mortales, depende de ello. Salvador Morel es uno de los Jueces que se encargan de hacer cumplir esa ley en
la ciudad de Madrid. Sin embargo, alguien ha orquestado una conspiración
contra él, y parece que todo el mundo quiere liquidarlo. ¿Quién está detrás de ello? ¿Por qué? Averígualo en La ley de los caídos.
La ley de los caídos es una espectacular mezcla de novela negra, fantasía urbana y acción trepidante ambientada en el mundo de Balada de los
caídos. A continuación te ofrecemos el primer capítulo.
«Como un enjambre de polillas arrojándose
en rápido vuelo a la lumbre de una hoguera
para encontrar allí una muerte segura,
así estos hombres se precipitan raudos en tu fuego;
con gran ímpetu se lanzan hacia su propia destrucción».
Bhagavad-gītā, XI-29.
Esta historia tiene lugar dos meses
antes del comienzo de Balada de los caídos.
en rápido vuelo a la lumbre de una hoguera
para encontrar allí una muerte segura,
así estos hombres se precipitan raudos en tu fuego;
con gran ímpetu se lanzan hacia su propia destrucción».
Bhagavad-gītā, XI-29.
Esta historia tiene lugar dos meses
antes del comienzo de Balada de los caídos.
1
Entró
en el local y atrajo la mirada de todo el mundo. No era demasiado alto, ni
estaba excesivamente delgado. Ancho de espaldas y de andares desgarbados,
vestía traje oscuro, sin corbata y con un par de botones de la camisa
desabrochados. Era moreno, aparentemente cuarentón –pero sólo aparentemente– y
con alguna cana ya. Ojos grandes, expresivos, nariz algo más gruesa de lo que
pedía el rostro y mandíbula ancha. En resumen, alguien que en principio no
destacaría en ningún sitio. Pero no suele ser una buena noticia, cuando un Juez
entra en un garito de mala muerte como aquél. Tan de mala muerte que no tenía
ni nombre. Sin embargo, los ángeles caídos de Madrid saben que en cierta
calleja del centro, en la zona de copas de Santo Domingo, hay una puerta de
metal poco llamativa que se abre tras cuatro golpes. Dentro se oculta un local
exclusivo para ellos, aunque sólo los de peor rango y condición lo frecuentan.
Un tipo enorme y mal encarado impide que entre cualquier mortal que llegue allí
por casualidad; los miembros de determinados clanes problemáticos de los caídos
tampoco son bien recibidos. En la entrada hay un guardarropa y una pequeña
cabina enrejada en la que se sienta un muchacho de mirada aviesa; todo el que
entre está obligado a dejar allí cualquier arma que porte, sea blanca o de
fuego. Pero el Juez no tuvo que dejar las suyas, por supuesto: los de su cargo
tienen acceso franco a cualquier punto de la ciudad controlado por los caídos.
Lo dice la Ley, de la que son garantes y ejecutores.
–Hola,
Morel –le dijo sin mucho entusiasmo el portero, quien por supuesto lo conocía.
–Hola.
¿Qué tal ha empezado la noche?
–No
está mal. Medio aforo. Todo tranquilo –le contestó con mirada esquiva.
–Ya.
Puede que deje de estar tan tranquilo enseguida. Creo que tenéis a uno buscado
aquí, ¿no?
–Si
es así nosotros no sabemos nada. Ya sabes que colaboramos siempre.
–Por
supuesto –replicó Morel, y entró.
Salvador
Morel era uno de los Jueces que había en la ciudad de Madrid. Incluso los
ángeles caídos, siempre escondidos entre los mortales, tienen que tener una
autoridad, y alguien que la haga respetar. Era un Juez respetado, porque hacía
cumplir la Ley sin contemplaciones, pero no era especialmente cruel, ni
corrupto, ni abusaba de su poder, como otros. No aceptaba sobornos ni cobraba
mordidas, algo en lo que la sociedad de los caídos no se diferencia mucho de la
mortal –al fin y al cabo, ¿no se dice que ellos trajeron el mal a este mundo?–.
Además, tenía cierto sentido del humor y era bastante tratable, siempre y
cuando no anduviera a la caza de algún caído perseguido por sus infracciones.
Entonces había que tener cuidado con él, porque se encabronaba con los que le
hacían perder el tiempo y tenía una tendencia al uso de su Glock 19 por la que,
en más de una ocasión, sus superiores le habían llamado la atención. Pero
trabajaba bien y era limpio; no atraía la atención de los mortales, y meterle
una 9 mm. a un ángel caído no suele causarle la muerte a no ser que le vuele la
tapa de los sesos, así que le dejaban seguir con sus métodos. Él siempre
apuntaba al pecho. Una bala en el corazón garantizaba una parálisis total.
Durante un buen rato, al menos.
Se
adentró en el local. Era realmente mugriento; lo conocía perfectamente porque
había estado allí muchas veces, más por trabajo que por placer. No le hacía
ascos a una copa, pero prefería sitios con algo más de clase. Sólo un poco más;
le bastaba con que el sitio no pareciera un burdel barato. Tras una segunda
puerta de metal, que mantenía la insonorización, se abría un enorme salón con
una gran barra redonda en el centro, alrededor de la cual se distribuían las
mesas. Aproximadamente la mitad de ellas estaban ocupadas, así como casi todos
los asientos en la barra. Luces estroboscópicas
de colores cambiantes le daban al garito un aspecto aún más irreal del que ya
tenía de por sí. Desde fuera nunca se hubiera dicho que podía ser tan
espacioso, y de hecho no lo era: los caídos saben jugar con el espacio,
dilatándolo o contrayéndolo para crear con él lugares imperceptibles e
inaccesibles para los mortales. Esa arquitectura fantástica (de la que se
encarga un tipo de caídos a los que denominan Constructores) crea una
sub-realidad llena de elementos sobrenaturales –como lo es ella misma– a la que
sólo pueden acceder los caídos y a la que suelen referirse como el Otro Lado.
Aquel local sólo era un ejemplo cutre de lo que los caídos pueden hacer.
Para
hacer más molestas aún las luces –que hacían saltar a los presentes como en una
película a la que le faltaran fotogramas–, sonaba una atronadora música
electrónica, que Morel odiaba tanto como ese tipo de ambiente. Alrededor del
salón había una serie de reservados tapados con cortinas, donde se practicaba
todo tipo de vicios indescriptibles. En cuanto a drogas y sexo, no había en
aquel lugar ningún tipo de limitación, y la Ley de los caídos es obviamente muy
laxa en ese sentido. Por lo general no prohíbe nada que no afecte al poder
establecido o a la clandestinidad de su existencia entre los mortales.
El
Juez se paró un instante a unos dos metros de la barra, tras saludar al
camarero que estaba tras ella, un tal Ahmed. Miró atento a su alrededor.
Conocía a los que trabajaban allí, así como a la mayoría de los parroquianos
–en una ciudad como Madrid casi todos se conocen, aunque sea de vista–; pero
aun así no se fió y mantuvo su espalda controlada en todo momento. El trabajo
era el trabajo, y tomaba muchas preocupaciones. Contempló las auras turbias de
la clientela. Oscuras, agitadas, llenas de vicio. Nada raro en un caído; de
hecho, nada raro en un mortal, salvo cierta tonalidad que permite
diferenciarlos sin lugar a error. Todos los presentes eran gente patética, pero
él no se metía en esas cosas, no era su trabajo. No captó nada sospechoso, nada
que pudiera suponer un peligro para él. Tampoco vio al tipo al que buscaba,
pero supo inmediatamente que estaba
en uno de los reservados. Lo captó como un sabueso huele a su presa a gran
distancia. De hecho, sin moverse de donde estaba, a través de la cortina, supo
que estaba con dos fulanas. Eran dos Súcubos; captó sus singulares presencias.
–¿Qué
hay, Ahmed? –dijo al fin, ante el nerviosismo de éste.
–Bien,
todo bien –le contestó, secando unos vasos de tubo–. ¿Va todo bien, Magistrado?
Morel
hizo un gesto vagamente afirmativo.
–No
va mal.
Miró
fijamente a un tipo solitario sentado en una mesa justo delante del reservado
de su perseguido. Tenía delante un vaso de algo que parecía whisky, pero no lo
había tocado. El tipo se había quedado observándolo al entrar, aunque con
discreción; luego apartó la mirada. Morel no lo conocía. Aunque estaba sentado,
se advertía que era alto y fuerte. Más que él. Por su aspecto debía de ser
eslavo.
–¿A
qué debemos su visita, Magistrado?
Morel
sonrió levemente.
–Creo
que eres el único en la ciudad que me llama así, Ahmed.
Y
tras una pequeña pausa añadió:
–Ya
sabes a lo que vengo. Él está aquí.
Algo
en la cara de Ahmed se descompuso.
–Joder,
Morel, si no guardáramos la privacidad de nuestra clientela, no habría negocio;
no podemos...
–No
te preocupes, casi es mejor así. Me facilita el trabajo el que crean que en
sitios como éste están a salvo.
Morel
no despegó en ningún momento la vista del tipo eslavo, quien a través de la
música escuchaba perfectamente sus palabras, con sus sentidos agudos como
cuchillas. Se preguntó si sería un exmilitar de algún país del este. Tenía toda
la pinta. Sin dejar de vigilarlo, se acercó a la barra y se apoyó contra ella.
–Ponme
lo mismo que a ése –le dijo a Ahmed–. Invita la casa, ¿no?
–Claro
–contestó un taciturno Ahmed, sirviéndole la copa.
La
cogió y, bajo las miradas atentas de toda la clientela, se dirigió a la mesa
del eslavo. Sin preguntar, tomó asiento frente a él y puso el vaso sobre la
mesa. El tipo le clavó los ojos, pero no dijo nada. Era frío, el cabrón; un
profesional. Morel no advirtió qué intenciones tenía, no percibió ningún cambio
en su aura. Se miraron en silencio unos segundos muy tensos hasta que Morel al
fin dijo:
–Hola.
El
otro se limitó a asentir en señal de saludo.
–Tengo
órdenes de detener a tu jefe, pero no dicen nada de ti. Puedes facilitarme las
cosas o ponérmelas difíciles; lo único que va a cambiar es cuánta gente me
lleve conmigo esta noche. Y que te quede claro –añadió, inclinándose sobre la
mesa– que a él lo quieren interrogar por lo que ha hecho. Pero a ti nadie te
necesita entero.
El
guardaespaldas sonrió gélidamente y contestó con fuerte acento:
–¿Ése
es el discurso que sueltas siempre?
–Sí,
más o menos. Pero lo que importa no es lo que digo, sino lo que hago. ¿Quieres
verlo?
No
contestó. Se limitó a sostenerle la mirada, burlón. Morel seguía sin calarlo.
No le gustaba ese tipo.
–Pon
todas las armas que lleves sobre la mesa. Todas. Y si haces un movimiento en
falso, nos vemos en la siguiente vida, amigo.
Tras
un instante de aparente reflexión, y sin dejar de sonreír con aire desafiante,
el guardaespaldas se abrió lentamente la americana con una mano, dejando al
descubierto una Sig Sauer P227. Con el pulgar y el índice de la otra mano la
sacó lentamente de la funda y la dejó sobre la mesa, apuntando hacia un lado.
–Ten
cuidado, no te dispares en un pie con eso, colega –le dijo Morel, y se quedó a
la espera–. ¿Eso es todo? Venga, no jodas.
A
continuación, repitió la operación, esta vez inclinándose muy despacio a un
lado de la mesa y sacando del mismo modo una USP Compact de una funda
tobillera. La dejó también sobre la mesa.
–Preciosas.
Descárgalas.
Con
pausados movimientos, les sacó los cargadores y las balas que llevaban en la
recámara. Lo dejó todo sobre la mesa.
–Y
ahora el cuchillo militar que seguro que llevas.
De
un bolsillo de la chaqueta sacó un cuchillo de acero con una hoja de unos
quince centímetros, curvada por un lado y serrada por el otro. Lo puso junto a
las pistolas.
–Bien.
Ahora camina hacia la barra y espera ahí. Si eres un buen chico podrás irte y
quedarte con tus juguetes.
El
tipo se bebió su whisky de un trago, miró una última vez con actitud desafiante
a Morel e hizo lo que éste le decía. Se levantó despacio, con las dos manos
ligeramente levantadas, y caminó hacia la barra. Morel lo siguió con la mirada
y se bebió también su whisky de un solo trago. Se levantó y se acercó a la
cortina negra que lo separaba del reservado.
–Así
me gusta. Que me pongan las cosas fáciles –dijo, justo antes de descorrer la
cortina.
Fue
entonces cuando saltaron sobre él, desde el interior. Eran las dos fulanas con
las que estaba su objetivo. Una lo golpeó a la altura de la cintura; la otra
fue a por el brazo en que llevaba la pistola. Los tres cayeron hacia atrás,
rodando; una de ellas quedó sobre él y pudo ver su horroroso rostro, a pocos
centímetros del suyo: la piel azul y escamada, ojos rojos brillantes como
brasas, una boca descomunal llena de dientes como alfileres, la nariz larga y
puntiaguda, el pelo negro alborotado. Era la viva imagen de una bruja de cuento
de hadas, de esas que se comen a los niños. Vio esas fauces abrirse sobre su
cuello, a punto de darle un buen mordisco. La otra, simultáneamente, intentaba
desarmarlo.
Pero
para cuando las fauces se cerraron con un chasquido, él ya no estaba en el
suelo boca arriba; una décima de segundo después estaba de pie, al lado de las
dos fulanas transformadas en demonio, apuntándolas con la Glock. Simplemente
desapareció de debajo de ellas para aparecer a su lado. Cosas de ser un ángel
caído. Ellas eran feas, él rápido. Les metió tres balas a cada una, en el
torso, asegurándose de alcanzar el corazón, lo cual las dejaría inertes durante
un tiempo, pero sin matarlas. Inmediatamente, con la precisión de un cirujano y
la experiencia del que ya ha estado en una situación así en muchas ocasiones,
se agachó y se giró en dirección al guardaespaldas, quien por supuesto se había
tirado a por sus armas. Cuando puso la mirilla sobre él, ya había cogido y
cargado una de sus pistolas y estaba levantándola para dispararle. En un caso así
no podía dudar ni permitirse el lujo de ser piadoso; sólo tenía tiempo para un
disparo, y tenía que ser definitivo. Tiró del gatillo y los sesos del
guardaespaldas salpicaron la pared y las mesas que estaban tras él. Ése no se
levantaría más del suelo; pero volvería en otra vida, años después, con otro
rostro y otro nombre. Que otro se ocupara entonces de él.
La
escena había durado menos de cinco segundos, y todos los presentes en el local
se habían quedado petrificados. A Morel lo enojaba considerablemente el haber
tenido que usar su arma, y más porque se había visto obligado a liquidar a un
tipo, cosa que no le hacía ninguna gracia. Fue necesario, pero nunca resultaba
agradable. Y tendría que dar parte de lo ocurrido; ya no era una mera detención
rutinaria. Odiaba la burocracia. Por otro lado, también le molestó no haber
visto venir lo de las fulanas. Su objetivo llevaba consigo dos Súcubos, y él no
se había dado cuenta de que formaban parte de su escolta, junto con el eslavo.
–Me
estoy haciendo mayor, joder –musitó.
En
el suelo, las dos mujeres se retorcían de dolor, con sus rostros vueltos a la
normalidad. Eran muy guapas las dos, pero en ese momento sus caras estaban
terriblemente contraídas y pálidas. En cualquier caso, de momento no supondrían
ninguna amenaza; Morel mandaría a alguien para encargarse de ellas. Él tenía
otra cosa más importante de la que ocuparse.
Cruzó
la cortina y pasó al reservado, donde un ridículo hombrecito se encogía en un
asiento del rincón, como si así pudiera pasar desapercibido. Decir que era un
hortera sería hacerle un favor: llevaba un caro traje de lino gris perla con
una horrorosa camisa estampada de corazones, sin corbata, muy abierta, y con
cadenillas de oro colgando sobre el pecho. También llevaba muchos anillos de
oro en los dedos. Su cara recordaba a un roedor; era un tipo vil, pensó Morel
nada más verlo, vil y patético, de esos a los que les encanta hacer dinero pero
no han nacido para saber gastarlo.
–¿Qué
tal, Moznik? –le dijo, pero el tipo no contestó. Estaba muy asustado–. Oye, no
me ha gustado ese comité de bienvenida que me has preparado. Ha sido un poco
hostil. Tu chico está muerto, por cierto; no sé si te importará. Supongo que no
mucho, ¿o me equivoco?
Moznik
parecía mareado, como si se fuera a desmayar de un momento a otro.
–¿Vienes
a matarme?
–No
seas gilipollas. Vengo a detenerte. Tu guardaespaldas seguiría con la cabeza
sobre los hombros si no hubiera echado mano a su pistola, así que ya sabes, no
intentes jugármela.
–¿A
detenerme? Pero...
–Sí,
y vale ya de cháchara. Son otros los que decidirán qué hacer contigo. Eso no es
asunto mío.
Diciendo
esto, Morel desenganchó de su cinturón una gruesa argolla de acero de una
pulgada de grosor. Con un movimiento de muñeca, la desdobló en las dos argollas
superpuestas que en realidad componían la primera, aunque nada las unía salvo
el propio metal, que parecía líquido. Obtuvo así un cepo de manos que podía
resistir incluso la fuerza de un caído normal. Desde luego, resistiría la de
Moznik, que era bastante enclenque. Éste, en cuanto vio el cepo, hizo un gesto
de negación.
–Puedo
ofrecerte mucho dinero si me dejas irme. Dinero, o lo que tú quieras. Estoy muy
bien relacionado.
Morel
sonrió.
–¿Dónde
estás muy bien relacionado, en Croacia? Desde luego aquí no, y si vuelves a
intentar sobornarme te vuelo las pelotas. Duele muchísimo mientras crecen otra
vez. Según me han contado, vaya.
Hizo
un gesto con la pistola para que Moznik metiera una mano en una de las
argollas. Éste lo hizo con resignación. Morel guardó entonces su arma en la
funda sobaquera que llevaba y sostuvo el cepo mientras el croata metía la mano
en la otra argolla. Éstas, flexibles, se ajustaron a sus muñecas, y adquirieron
consistencia sólida. Las muñecas de Moznik quedaron a diez centímetros la una
de la otra.
–Quedas
detenido por importar ilegalmente material antiguo prohibido en este
territorio. Queda confiscado todo lo que lleves encima y cualquier propiedad
que tengas en dicho territorio. Serás puesto a disposición de la Autoridad de
Madrid, por la que serás interrogado y que decidirá si debes ser juzgado según
lo establezca nuestra Ley.
En
cuanto dijo estas palabras, cacheó a Moznik. Sólo llevaba su cartera, un juego
de llaves normal y, aparte, una llave suelta en otro bolsillo. Se guardó todo
en la americana y le dijo que le sería devuelto cuando la Autoridad lo
considerara oportuno. A continuación, puso una mano sobre el hombro de su
detenido y lo guio hacia el exterior del local, pasando entre la clientela
silenciosa y frente a un colérico pero igualmente silencioso Ahmed, al que le
acababan de arruinar una noche –como poco– de negocio. Moznik miró a sus
guardaespaldas, retorciéndose las unas en el suelo sobre sendos charcos de
sangre, muerto el otro más allá, y estuvo a punto de desmayarse. Morel tuvo que
sostenerlo de un brazo cuando le flaquearon las piernas. Se dirigió de pasada a
Ahmed, para decirle:
–Y
tú y yo ya hablaremos. Habéis dejado entrar con armas al escolta de un
perseguido por la justicia. Esto os va a pasar factura, no pienses que no.
Ahmed
se limitó a apretar los dientes.
–Pero
eso será otro día. De momento, esperad a que llegue el equipo de limpieza.
El
matón del recibidor les abrió la puerta, sin decir tampoco nada. Morel hizo
esperar un momento a su prisionero mientras echaba un vistazo fuera; no
convenía llamar mucho la atención en cuanto estuvieran en la calle, entre los
mortales. Por lo menos, tenía que asegurarse de que no hubiera policías. Un
tipo con unas argollas de acero en las muñecas hubiera despertado su
curiosidad. Como no había nadie en ese momento que pudiera comprometerlos,
cogió a Moznik del brazo y lo hizo salir. Afuera sólo había gente de fiesta, y
algún que otro borracho ya a esas horas. Ellos no llamaban especialmente la
atención.
–Vamos.
Tenemos que llegar hasta mi coche. Está en un aparcamiento próximo. No hagas
nada raro o ya sabes cómo vas a terminar. Estoy autorizado para ello; no te
creas demasiado importante.
De
camino, por las calles peatonales llenas de bares y gente en las puertas
conversando animadamente y bebiendo cervezas y vinos, Moznik le dijo
lastimeramente a Morel:
–Lo
que he hecho no es ilegal. Bueno, supongo que sí lo es; pero lo hace mucha
gente, no he hecho nada especialmente malo. Hay un complot contra mí. Tenía que
verme con alguien de la ciudad, un miembro importante de vuestra comunidad, y
no ha aparecido. Esto es una trampa.
–Nada
de eso es de mi incumbencia. Me han dicho que te detenga, y es todo lo que voy
a hacer.
Siempre
decían lo mismo. Siempre pretendían justificarse, defender su inocencia e
intentar que se apiadara de ellos. ¿Qué esperaban, que los soltara? ¿O era
simplemente una forma de expresar su angustia al verse capturados? Le daba
igual; él hacía su trabajo, y punto. Así funcionaban las cosas. Que no
hubieran violado la Ley.
Siguieron
caminando hasta el aparcamiento subterráneo donde Morel tenía su coche,
perdidos entre la multitud del centro. Había un gran ambiente esa noche. Como
todas las noches en la ciudad.
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Abre la muestra de lectura
Christopher Blake, un ángel caído, regresa a la ciudad de Hellstown tras
veinte años de destierro; fue expulsado por su clan, los Señores
de la Llama Eterna, por desobedecer la Ley. Pero ahora éstos se disputan el control de la urbe con
el clan de los Luna Negra, y la tensión entre ambos está a
punto de convertirse en una guerra abierta. Para ser readmitido,
Blake tendrá que aceptar una peligrosa misión: investigar la
desaparición de varios de los suyos en el territorio de sus
enemigos. Así conoce a Rain, una mortal, cantante de rock y relacionada con el clan rival, junto a la que se adentrará en un mundo
aún más siniestro de lo que podía imaginar.
Balada de los caídos es una novela que combina el género noir, la fantasía gótica y el
terror de forma trepidante.
BALADA DE LOS CAÍDOS
D. D. Puche
Grimald Libros
519 páginas
Tapa blanda / eBook
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DEL MISMO AUTOR
Balada de los caídos © Daniel y David Puche Díaz
(Entrada publicada en 3/10/2026)COMENTARIOS
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