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domingo, 27 de noviembre de 2016

MÉTETE EN LA HISTORIA


Extracto del Capítulo 11


–Pues verás, Christopher –empezó Oscar tras reflexionar un momento y mirar su whisky–, todo ha cambiado bastante en los últimos veinte años, en efecto. Has escogido el peor momento para volver. Las cosas están bastante feas ahí fuera. Lo que no tengo muy claro es hasta qué punto esos cambios tienen algo que ver con las recientes desapariciones, aunque es seguro que alguna relación deben de tener. Nada es casual, ya lo sabes. El azar es la medida de nuestra ignorancia, y en este asunto hay todavía demasiadas zonas de sombra. Pero sí te puedo decir que el poder de los Señores ya no es lo que era. Nunca recuperaron el poder que le cedieron a Hador y sus Perros. Los Luna Negra han ido expandiéndose lentamente, calle a calle, barrio a barrio, y nadie ha hecho nada para impedírselo. La excusa es que han ido apoderándose de barrios de mala muerte que no importan a nadie, pero en realidad ese avance revela la impotencia de los Señores para controlarlos. Son demasiados. Ya los superan en amplio número.

–No entiendo cómo se ha permitido que eso pasara. ¿En qué estaba pensando Theodor? ¿Qué ha hecho el Consejo?

–Básicamente nada. Los Señores han estado demasiado ocupados interviniendo en la política y la economía de los mortales, mientras desdeñaban lo que ocurría entre nosotros como si su hegemonía fuera a ser algo eterno. Controlan el ayuntamiento y las demás instituciones; tienen en la administración y en la empresa privada una legión de siervos. Sólo ansían el poder y el dinero. Y los tienen. En gran cantidad. Los más importantes médicos, abogados y periodistas de la ciudad o son de ellos o trabajan para ellos. Lo sepan o no. Por no hablar de la policía, que es su brazo armado. Sin embargo, los Lunas campan a sus anchas por la ciudad. Tienen una ambición desmedida, y como nadie les ha recordado en las últimas décadas que son basura, ya no le tienen respeto a nada ni a nadie. Su prepotencia aumenta día por día, y cada vez cuesta más contenerlos. Ya has visto cómo entran en mi casa, trayendo aquí problemas de la calle. Un consejo, Christopher: no te metas con ellos. Son muy peligrosos, y su obediencia a la autoridad es cada vez menor... si es que todavía se puede decir que haya una “autoridad”. Y por si fuera poco, los Señores cada vez encuentran menos neófitos, mientras que los Lunas tienen una capacidad extraordinaria para crecer en número.

–¿Y eso a qué se debe? Será que han dejado de buscar como es debido.

–No, Christopher… es más complicado. El mundo está cambiando. Nadie sabe a ciencia cierta por qué, pero nuestro número y las capacidades de los nuevos están decreciendo. Ya no hay neófitos como los de antes, como los que todavía había en tu generación. Algunos ya decíamos entonces que todo estaba transformándose, y no se nos hacía mucho caso.

–Sí, lo sé. William no dejaba de insistir en ello. Era un tema que lo preocupaba mucho.

–Sea como sea, ahora es un hecho. Está constatado. Cada vez despiertan menos caídos.

–Pero, ¿por qué? ¿Y cómo es que entonces los Lunas sí encuentran gente nueva?

–Ya te he dicho que nada se sabe; sólo hay especulaciones. Hay quien cree que tiene que ver con el progresivo olvido de los conocimientos antiguos. A los que mandan ahora, como Theodor, esas cosas nunca les han interesado. Son hombres de acción. Mucha fuerza y poco cerebro. Todo lo contrario que en los tiempos de William… Prácticamente ya nadie lee los libros hoy. Paul y su gente cada vez son menos y juegan un papel menos importante dentro de los Señores. Se pudren en sus bibliotecas, donde no molestan. Ahora sólo importa el poder mundano. Los genuinos conocimientos se ven sustituidos por supercherías. La ignorancia siempre busca causas absurdas para todo y salvaciones más absurdas todavía para los problemas que ella misma ha causado.

[…]

–En cuanto a los rumores de los que me hablas, algo había oído de eso, durante mi destierro; pero pensé que eran habladurías de pueblerinos incultos, de caídos aislados del resto y entregados a antiguas supersticiones.

–Pues no. Es algo que está muy implantado aquí. Poder mundano y supersticiones absurdas. Todo ello parejo al olvido de lo que somos. Los nuevos son cada vez más escasos, como te digo, y con poderes cada vez más ínfimos. Nada comparados con los de hace solamente dos generaciones. Son como de papel. No mucho más que un mortal cualquiera.

–¿Y los Lunas?

–Ah, ellos cogen a cualquiera. Rápidamente, sin formación, sin permitirles desarrollar su potencial. En cuanto rastrean a alguno de los nuestros que está despertando, van a por él y le prometen poder y burdos placeres. Así se han ganado a muchos, sobre todo en las zonas más deprimidas, que cada vez son más, como habrás visto. La ciudad se está hundiendo. Es cierto que luego esos neófitos de los Lunas son carne de cañón. Cualquier Guardián podría liquidar a cinco de ellos con facilidad. Pero tienen todo un ejército esperando.

–¿Un ejército? ¿De cuántos estás hablando?

–Es difícil saberlo. Pero pueden ser más de quinientos.

Más de quinientos. Eso hizo sentirse muy alarmado a Blake. Incluso en una ciudad tan grande como Hellstown, el número de caídos no era muy elevado. La proporción de caídos respecto de mortales rondaba aproximadamente uno por cada diez mil, aunque allí llegaban más, de todas partes, por tratarse de un lugar tan importante; podría haber unos mil doscientos caídos en la ciudad. Pero nunca habían despertado tantos neófitos. Si los Lunas contaban con quinientos efectivos, por débiles que fueran, se trataría de casi la mitad de todos los caídos del área. Y eso sin contar sus siervos mortales. Podrían ser, en efecto, imparables.

–Y dices que están esperando… ¿a qué?

–Nadie lo sabe. Las intenciones de Hador son un completo misterio. Pero hay un ambiente de guerra en el aire que conozco perfectamente. La mayoría lo negará. Pero yo he vivido esta situación varias veces ya. Sé que no se acercan tiempos fáciles.

–¿Qué quieres decir?

–No sé cómo expresarlo… Nuestro mundo parece estar… secándose, perdiendo vida. No es sólo que nadie haga caso ya de los libros y los recuerdos; es que es patente que cada generación es peor que las anteriores. En las dos últimas se ha producido un gran salto a peor, una involución total. Cunden el escepticismo y la superstición, a partes iguales; ya nadie cree en las cosas que tendrían que creer, pero sí en las que no. Son señales de que el mundo está en total decadencia. Por eso todos se vuelven cada vez más hacia la política y el dinero. Los Señores están en el primer peldaño de la jerarquía; son los más ricos y poderosos. Pero ya sabes: cuando se llega más alto es cuando se está más cerca de caer. De ahí que no puedan impedir el auge de los clanes menores, como esos Perros Callejeros que están tomando las calles. Da la impresión de que los Señores se están enrocando en las capas altas de la sociedad mientras dejan el resto a merced de los que puedan cogerlo. Parece el final de una era.

–¿Tú crees que lo es?

–Yo soy bastante pesimista. Los Señores cometieron un error fatal al dejar crecer deliberadamente a los Lunas. Su propósito no era otro, digan lo que digan, que quitarse de en medio a todas las demás familias, a todos los que pudieran rivalizar con ellos, para así acaparar todo el poder en la ciudad. Los Puños Rojos siempre fueron una excusa. Y siempre han creído tener a los Lunas bien sujetos por la correa, y que cuando conviniera se desharían de ellos, como de los demás. Pero el monstruo ya ha crecido demasiado.

Tras oír eso, Blake quedó meditabundo. No eran buenas noticias. Ya había constatado varias de las cosas que le había dicho Oscar, pero el panorama que él le pintaba era peor de lo que él había pensado.

–Entonces, ¿crees que va a haber una nueva guerra? –preguntó.

–No sé cuánto tardará ni cuál será el detonante, pero creo que sí. Antes o después. Me parece inevitable, a tenor de cómo están las cosas.

–Y mientras tanto, ¿qué hacen las demás familias? ¿Nadie se da cuenta de nada?

–Sí, pero los demás están a la espera, viendo cómo se desarrollan los acontecimientos. Hay una calma tensa, como si todo el mundo esperara algo que está a punto de pasar, pero nadie supiera qué demonios es. Además, la ambición los ciega: todos intentan acrecentar sus cuotas de poder y llevarse bien con los Señores, una dependencia que podría ser su perdición. Aunque, por supuesto, en el fondo nadie se fía de nadie. Por los movimientos que yo he podido ver, no me extrañaría que los Lunas estuvieran intentando establecer alianzas contra los Señores con otros clanes. Ahora mismo, están en el centro de todo. Son los más activos de la ciudad. 



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