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Balada de los caídos (D. D. Puche) es una novela de fantasía noir que nos introduce en un mundo de demonios y otros seres antiguos que pagan un eterno castigo viviendo ocultos entre los mortales. Una historia que combina el terror, el misterio y la melancolía. Cuarta edición a la venta (papel y digital), publicada por Grimald Libros. Cómprala en...

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sábado, 1 de junio de 2019

LO QUE VIO RAIN (Relato)




Lo que vio Rain | Balada de los caídos | Una novela fantasy noir.


Queremos que conozcas a los protagonistas de Balada de los caídos


Por eso te traemos una serie de relatos breves sobre ellos. Cosas que pasaron 
antes o a la vez que la novela. El relato de hoy es:

 LO QUE VIO RAIN



Rain siempre ha estado metida en situaciones muy extrañas. La joven cantante de la banda de rock Cold Rain ha huido de muchas cosas a lo largo de su breve vida, hasta terminar en la ciudad de Hellstown. Cuando tenía diecisiete años y aún vivía en la pequeña localidad de M., en el Medio Oeste, de la que es oriunda, un incidente le produjo una honda huella; lo había olvidado ya, o quiso hacerlo, y a día de hoy todavía piensa que fue una alucinación, una muy vívida e intensa. Pero los acontecimientos más recientes (los narrados en Balada de los caídos) están haciendo que se replantee seriamente si aquello ocurrió en realidad.

Ya en las semanas previas al incidente, había tenido impresiones muy incómodas, por no decir desagradables. Un buen día, comprando en un supermercado, notó que un tipo la miraba fijamente desde el fondo de un pasillo. Al ir a pagar en la caja, ese tipo estaba fuera de la tienda, mirándola fijamente desde el otro lado de la cristalera. Curiosamente, luego no era capaz de recordar su rostro, ni su edad, ni ningún otro rasgo. Otro día se sintió seguida por la calle, aunque cuando se giraba para mirar tras de sí sólo veía a gente de aspecto normal, caras conocidas, de hecho (aunque sólo fuera de vista); pero en cuanto dejaba de mirar, volvía a sentir esa desagradable quemazón, como de ser observada desde algún sitio. Lo peor fue cuando tuvo esa sensación en los pasillos del instituto. Una mañana llegó tarde a clase y los pasillos estaban totalmente vacíos, pero una taquilla estaba abierta y se mecía como si hubiera corriente, aunque no la había; y le pareció oír un murmullo a su alrededor, que decía algo ininteligible pero siniestro. De nuevo se sintió observada, pero allí no había nadie. Le pasaron varias cosas así, y empezó a temer por su salud mental; pero luego el recuerdo de esas situaciones era confuso, borroso, se desdibujaba en su memoria y terminaba quitándoles importancia, como si nunca hubieran sucedido.

Una noche de viernes salió con sus amigos. Después de estar dando vueltas por el centro comercial y beber unas cervezas, fueron a una licorería y compraron unas cuantas botellas de ginebra y tequila. Uno de uno de los chicos, Ben, era mayor de edad, y además tenía un destartalado Ford Pinto con el que se dirigieron a la Hoya de la Viuda, un lugar a unos kilómetros del pueblo al que los adolescentes iban a beber, drogarse y lo que surgiera. Era el típico sitio al que los adultos siempre les decían que no se acercaran, pero ellos siempre iban allí, cada fin de semana, porque tampoco había mucho más que hacer. Las leyendas de la región decían que en la Hoya se aparecían demonios cuando había luna llena, lo cual, por supuesto, nadie creía realmente; pero sí se pensaba que allí habían pasado cosas malas. Quizá por la propia leyenda negra del lugar, que incitaba a ello, o quizá porque realmente había algo oscuro en ese sitio que alteraba las mentes, especialmente de noche. Los viejos contaban que décadas atrás se habían producido extrañas desapariciones enla zona, y que había cazadores que habían encontrado charcos de sangre y vísceras que apenas podían ser reconocidas como humanas, de tanto destrozo como presentaban, aunque después el forense lo habían confirmado. Algunos hablaban de lobos, que ciertamente en ocasiones bajaban desde el monte, hambrientos; pero otros contaban historias de brujas que se alimentaban de jóvenes incautos de década en década, o de psicópatas asesinos que viajaban por todo el país y cada cierto número de años mataban allí, como si de un coto de caza se tratara. 


Y allí fue Rain esa noche, una vez más, como tantas, con su grupo de amigos. Tres chicos y dos chicas, que estuvieron bebiendo y jugando a juegos estúpidos con las botellas, y contándose una y otra vez las mismas historias y chismes, los que se contaban siempre en aquel pueblo del que todos querían huir. Bebieron mucho, y mezclaron el alcohol con porros, y acabaron muy colocados. Tenían que echar unas horas antes de que se les pasara lo suficiente como para regresar a casa, hacia el amanecer, así que la animada charla (que tenía lugar en torno a una fogata) fue languideciendo poco a poco y empezaron a quedarse dormidos.

Serían las tres de la madrugada cuando Rain se despertó con ganas de orinar. Se alejó del grupo y lo hizo tras unos arbustos por los que ya habían pasado todos. Todavía estaba borracha y torpe, y sabía que en ese estado no podría volver a casa sin tener una buena bronca con su madre, o peor, con Rick, la actual pareja de ésta. Afortunadamente, todavía le quedaban unas dos o tres horas para dormir la borrachera. 

Iba a volver con el grupo, y pensaba avivar los rescoldos de la extinta fogata (porque hacía bastante frío), cuando escuchó un ruido muy extraño. Parecía venir de unas decenas de metros más allá, alejándose del grupo. Se sobresaltó, pero tampoco demasiado, porque no estaba lo suficientemente cerca y porque su estado le hacía tener reacciones lentas y espesas, que difuminaban la sensación de peligro. Pensó, no obstante, que era mala idea acercarse  a mirar; y como le pasaba habitualmente, lo siguiente que estaba haciendo era ignorar esa voz en su cabeza y acercarse a echar un vistazo. Siempre tuvo más curiosidad que sentido común. 

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Iluminada sólo por la luna llena, atravesó metros de arbustos y pedregal, salpicados por algún árbol reseco y esquelético. El paisaje era feo, algo tétrico; quizá por eso tenía un nombre tan evocador. Pero a ella nunca le había dado miedo. A partir de esa noche le daría pánico, y de hecho, nunca más volvió. También es cierto que poco después cogería el autocar que la sacó de M. para siempre, como era su deseo, camino de Hellstown, donde quería hacer carrera como cantante. Pero siempre le quedaría un vago y desasosegante recuerdo de lo que vio esa noche.

Tras atravesar torpemente unos veinte metros de ese accidentado terreno, se detuvo tras una roca. Justo ahí, delante de ella, se abría un pequeño claro en la maleza, un círculo antinatural quemado y totalmente allanado. Y allí estaba... esa cosa, negra y de aspecto quitinoso... alimentándose de los restos de un animal muerto, de lo que le pareció un lobo, con el torso abierto de par en par y las entrañas desparramadas por el suelo... Una visión horrible, dantesca. La cosa estaba en cuclillas, sorbiendo la sangre y royendo carne, cartílagos y huesos, que emitían chasquidos al quebrarse. Rain casi vomita al ver aquello, pero no lo hizo, paralizada por el horror como estaba. La cosa era vagamente humana, aunque sus proporciones no lo eran; no podían serlo. En esa postura, como en cuclillas, las rodillas le llegaban por encima de la cabeza, como si fueran largas patas de araña; y el torso se doblaba de forma imposible, girándose asquerosamente a derecha e izquierda mientras, concienzudamente, devoraba carne, huesos y sangre. Los brazos eran dos, pero cada uno de ellos se bifurcaba en dos antebrazos, a partir del codo, de modo que cuatro manos de larguísimos dedos manipulaban hábilmente los restos del pobre animal. En cuanto a su cara, si es que se le podía llamar así... no tenía. Estaba totalmente cubierta de sangre, pues metía la cabeza entera en el cadáver del lobo, pero Rain pudo notar que carecía de algo así como ojos o nariz u orejas: tan sólo tenía una enorme boca, como un tajo abierto horizontalmente en aquella cabeza alargada, donde sólo se veían relucir hileras de dientes como cuchillas. 

Aun así, la cosa se detuvo y movió la cabeza a derecha e izquierda, como si percibiera algo. El movimiento que hizo fue como el de un animal olisqueando el aire, pero no parecía estar oliendo; quién sabe qué forma de percepción tendría algo que no parecía ser resultado de la evolución en este mundo. Rain se quedó no ya paralizada, sino tan helada de puro pavor, cuando aquello orientó ese bulbo que tenía por cabeza hacia ella, que casi no podía ni respirar. De la repugnante cosa surgió un sonido, como un gemido, que se parecía mucho al sonido que Rain había escuchado en la distancia. Lentamente, la cosa soltó su presa y empezó a levantarse. Erguida por completo (aunque incluso así parecía mantener una postura encorvada, nunca totalmente humana, con la cabeza orientada hacia delante), parecía medir más de dos metros. No avanzó ni un paso, pero estaba "mirando" claramente en dirección a Rain, quien, oculta tras la roca, creía ir a desmayarse de un momento a otro por lo fuerte que le latía el corazón y por la afluencia de sagre a su cabeza, que diría que le iba a estallar. Si le hubieran preguntado, en ese momento hubiera querido desmayarse y despertar de esa pesadilla en otro lugar, en casa, a salvo. 

Fue entonces cuando sonó, unos metros por detrás de aquella cosa, acercándose al claro, una voz aparentemente humana. Una voz grave y serena, pero firme, que pronunció unas extrañas palabras en una lengua que Rain no pudo comprender. Parecía una lengua antigua, cavernosa, con extraños sonidos consonánticos; no le pareció latín, y tampoco creyó que fuera griego. No parecía una lengua propia de una civilización, en cualquier caso, sino más bien procedente de los tiempos en que los hombres no habitaban aún en casas y ciudades. Sonaba tan antigua como el tiempo mismo. La figura se acercó, lenta y parsimoniosa, hasta estar en el centro del claro, a la espalda de la criatura. Bajo la luz azulada de la luna, Rain pudo ver, confusa por el alcohol y el miedo, a un hombre. Le sería imposible, después, recordar cualquier dato acerca de su altura, complexión o edad. Simplemente le quedó el vaporoso recuerdo de un hombre vestido con ropa de monte: pantalones llenos de bolsillos, botas altas, y una cazadora con capucha, que llevaba subida, escondiendo su rostro de la mortecina luz de la luna. Se detuvo allí mismo, con aspecto tranquilo, como si eso no estuviera allí... Y susurró algo en esa lengua, algo que parecieron sonidos de viento y de piedra, más bien ruidos producidos por la naturaleza que algo surgido de la garganta de un ser humano. Acto seguido, la cosa se sacudió, retrocedió hacia el extraño hombre, y como si de un perrillo se tratara, se inclinó ante él, en postura de total sumisión. El hombre puso su mano, una mano enguantada, sobre la cabeza de la criatura... la tocó... Y mirando en dirección a Rain, como si la viera escondida tras su roca, levantó la otra mano, con sólo el índice y el corazón extendidos, y pronunció unas palabras en voz alta, despacio, como si deletreara algo. La cabeza le dio vueltas a Rain, todo se volvió confuso. La realidad se alejó rápidamente de ella y perdió el sentido.

Lo siguiente que recuerda es que sus amigos la rodeaban, entre la maleza, pero ya no estaba al lado de aquella roca. Se encontraba muy cerca de donde los había dejado, cerca de la fogata. Yacía en el suelo y la estaban reanimando; le daban agua y le preguntaban cosas, con expresión preocupada, que ella no entendía, porque aún no había vuelto del todo en sí. En ese momento sintió un inmenso alivio, aunque todavía estaba llena de miedo y asco. A medida que volvía en sí, aunque seguía desorientada, le explicaban que se habían despertado, y al ver que no estaba, muy preocupados, habían salido a buscarla. Tardaron un rato en encontrarla, asustados, hasta que una de sus amigas dio con ella, allí desvanecida. Le dijeron que se debía a haber bebido demasiado, pero Rain no se sentía borracha en absoluto; de hecho, estaba absolutamente sobria. La borrachera se le había pasado de golpe. Les dijo que quería volver al pueblo inmediatamente, pero no les habló de su horrible pesadilla, que ella misma entendió, en ese mismo momento, que no había podido suceder; sabía que si contaba algo así la tomarían por loca. La recordaba, de hecho, como algo ocurrido hacía mucho tiempo, algo lejano en el espacio y el tiempo. Como si, en realidad, llevara toda la vida soñándolo. Pero había sido un delirio. No pudo pasar, y lo sabía perfectamente. Por eso ni se le pasó por la cabeza desandar el camino hacia ese claro abierto en la maleza, allanado y quemado. No tendría sentido hacerlo, porque no podía estar allí. Así que se dejó llevar de vuelta a casa por sus amigos.

Días después, todavía era incapaz de recordar lo sucedido (su delirio) sin estremecerse. Intentó convencerse de que nada de eso había pasado. Porque esas cosas no ocurren en el mundo real. No existen... cosas como aquélla. Sólo fue algo causado por el alcohol, la oscuridad y los nervios; los problemas que tenía en casa hacían que estuviera muy alterada. Pero notaba algo zozobrar en su cabeza, algo negro que crecía dentro de ella. Sabía que tenía que huir. Debía largarse del pueblo, ya. Siempre había querido irse, pero decidió que lo haría a la primera oportunidad que le surgiera. Se iría a la ciudad, a Hellstown. Allí la conducían sus planes, allí triunfaría. Allí se sentiría a salvo. 


© 2019 D. D. Puche y Grimald Libros
@HellstownPost @GrimaldLibros


Este relato remite a la novela Balada de los caídos.
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