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sábado, 29 de octubre de 2016

LEE UN CAPÍTULO



Capítulo 7


Los coches circulaban bajo una fina lluvia, sorteando el tráfico que a esas horas empezaba a ser menos denso, puesto que había pasado la hora punta. En el coche de Blake iban en silencio, y éste miraba distraído por la ventanilla. No se sentía precisamente entusiasmado ante la perspectiva de estar frente al Consejo. La última vez que estuvo allí lo condenaron al destierro. Dando vueltas a esos recuerdos vinieron a su mente, como si de una película antigua se tratara, otros de su infancia y su juventud, de la época en que fue encontrado e iniciado por William. Qué tiempos tan distintos fueron aquéllos.
Desde muy pequeño, no mucho antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, Blake había mostrado unas sorprendentes dotes –inquietantes, más bien– para memorizar cualquier cosa que leía. Y no sólo eso, sino también para entender, aunque sólo fuera superficialmente, textos o conversaciones en lenguas desconocidas tras apenas un breve contacto con las mismas. Eso, sumado a su agudeza, hizo que lo consideraran un prodigio desde la más tierna infancia… pero no todo era explicable por ser un prodigio, evidentemente. Algunas personas de su entorno –incluso de su familia– empezaron a recelar y temían acercarse a él, pues les daba miedo. Y hay quien llegó a decir, aunque siempre en voz baja y sólo al oído de otros igual de supersticiosos, que el niño estaba embrujado, poseído o maldito. Lo que no sabían era la razón que tenían, en cierto sentido. Ni él mismo lo supo hasta años más tarde.
Se sucedieron en la mente de Blake imágenes vaporosas de su juventud. Pensó en su padre, el señor Jonathan Blake, rico industrial de honorable familia, devoto creyente y rígido cabeza de familia que manejaba ésta como si de la empresa se tratara. Pensó en su madre, Anne Marie Worthington, de otra familia importante en la costa este y con fama de loca, pues desde el nacimiento de su primer hijo, Patrick, había empezado a tener extrañas visiones, y según afirmaba ella, un don profético. Su padre se avergonzaba de esa reputación de su esposa –a la que jocosamente llamaba “Casandra” la gente de su círculo– y la tenía enclaustrada en casa, de donde sólo la sacaba para actos de sociedad muy señalados, siempre tras hacerle beber unas cuantas copitas de oporto, que al parecer la calmaban. Cuánto se había acordado Blake después de ese don de su madre, del cual nunca pudo llegar a saber si era algo cierto o simples habladurías propias de la época. Pero su propio caso le hacía sospechar.
En la pubertad empezaron los sueños y las visiones, que según su padre y sus tíos paternos había heredado de su madre, para desgracia de la familia. Soñaba, y en ocasiones veía incluso despierto, como en breves fogonazos, cosas que no podía comprender. Imágenes, siempre en primera persona, de la vida de otros, de gente de diferentes épocas y lugares, de diferentes edades y condiciones. Durante unos instantes, recibía unas ráfagas sensoriales y emocionales muy fuertes. Vivía con total intensidad lo que hacían esas personas, esos desconocidos. Luego se despertaba, o salía del trance en que se había sumido, y recordaba esas imágenes con total claridad durante un corto lapso de tiempo, en el que se hallaba confuso y desorientado. Le decían que pronunciaba palabras muy raras en esos momentos, aunque luego él no las recordaba. Poco después lo olvidaba todo, como los sueños que la gente corriente no es capaz de traer a la memoria a la mañana siguiente, aunque sabe que ha soñado algo y lo tiene en la punta de la lengua.
Tuvo que aprender a callarse todas estas cosas, e incluso a ocultar como podía tales manifestaciones, porque hasta su propia familia empezó a tenerle miedo. Su padre, hombre cuya religiosidad rayaba en el fanatismo, lo detestaba abiertamente. Su hermano mayor nunca le mostró mucho aprecio, y en cuanto a su madre, cada vez estaba más alejada del mundo, incluido él mismo. No eran tiempos en los que se pudiera hablar de tales asuntos sin miedo, al margen de que se creyera o no en ellos; o precisamente porque en el fondo, aunque la gente se riera públicamente de tales cosas, aún creía en ellas. De hecho, fue quedándose sin amigos. Cuando no eran sus padres los que les prohibían verlo, eran ellos mismos los que recelaban. No sólo por temor; también por envidia, pues las capacidades de Blake le otorgaban muy a menudo ventajas tanto en la escuela como fuera de ella. Su propia familia terminó por verse afectada socialmente y esto sólo aumentó el desapego que ya sentían hacia Blake su padre y su hermano. Únicamente su hermana pequeña Sarah, una niña de gran corazón, nunca lo temió ni lo rechazó. Sólo ella lo consolaba cuando todos los demás lo dejaban de lado.
Por mucho que su padre intentó manejar la cosa con discreción y contrató a varios especialistas para que atendieran a su hijo, no sirvió de mucho. Las capacidades del joven Blake trascendieron fácilmente y, de hecho, hasta su aspecto, a medida que éstas se desarrollaban –de un modo descontrolado, azaroso–, fue volviéndose siniestro. No era mal parecido, y vestía siempre con total corrección, como era de esperar en un chico de su edad y clase social. Pero su simple presencia envolvía algo oscuro, y hacía que la mayoría de la gente a su alrededor se sintiera turbada. Esos sentimientos, al principio difusos, fueron con el tiempo enfocándose con mayor nitidez sobre él. Se advertía que emanaban de él, por así decirlo. Sin embargo, curiosamente, también había gente que se sentía bien en su cercanía, e incluso dichosa, sin que se pudiera explicar el porqué de ese diferente efecto. Por supuesto, él era el primero que no entendía nada de lo que le ocurría, y el que más temía aquellas extrañas capacidades suyas, temor que era peor que las propias consecuencias sociales que le acarreaban.
A medida que pasaban los meses, nuevos hechos extraños fueron sucediéndose. En varias ocasiones –normalmente después de alguna riña paterna, cada vez más frecuentes– ocurrió que en la habitación en que se encontraba Blake, aunque estuviera bien iluminada, se hacía bruscamente una oscuridad que ninguna luz podía contrarrestar, como si de espesa niebla negra se tratara. Esto, afortunadamente, le ocurrió siempre en casa, para estupor de su familia y pánico del servicio, varios de cuyos miembros dejaron el trabajo y contaron fuera lo sucedido. Por otro lado, sus sueños iban creciendo en número e intensidad, y casi cada noche se despertaba aterrado, llorando, pues las visiones que en ellos tenía eran cada vez más desagradables. Escuchaba voces –también de día, despierto– que le susurraban cosas al oído en extrañas lenguas que sólo parcialmente podía comprender; voces que le hablaban del infierno y la perdición. Los médicos y psicólogos no podían ayudarlo, por no hablar de los sacerdotes ante los que su padre también lo llevó en bastantes ocasiones. Se estaba volviendo loco. Ni la medicina ni la oración parecían servir de nada, y varias veces pensó en quitarse la vida, si bien al final nunca tuvo el valor de hacerlo. Sólo junto a su hermana un pequeño brillo de consuelo crecía en su interior.
Por si fuera poco, los problemas lo seguían a la escuela, una de las más prestigiosas y elitistas de la ciudad. Terminó quedándose sin ningún amigo, y sus compañeros de clase lo marginaron por completo: nadie le dirigía la palabra. Estaba siempre solo, y cuando pasaba frente a un grupo se callaban todos mientras él estuviera presente, o incluso lo insultaban. Era considerado un bicho raro por todo el mundo. Hasta sus profesores mostraron una actitud distante y desconfiada hacia él, y eso que sus notas eran excelentes: su soledad le hizo entregarse aún más al estudio, en el que siempre había sido bueno, sobre todo en latín, griego, filosofía e historia. Leía muchísimo, y su extraordinaria facilidad para los idiomas y su portentosa retentiva le permitieron alcanzar muy rápido un nivel similar o superior al de sus profesores, lo cual aumentó todavía más el recelo que éstos sentían hacia él. Al cabo de algún tiempo los demás muchachos dejaron de hostigarlo, porque cada vez que alguien le hacía algún comentario ofensivo o le tiraba una bola de papel o lo que fuera, todos en las proximidades empezaban a sentirse físicamente mal: tenían dolores de cabeza, náuseas y otros síntomas. Lo dejaron en paz, y de hecho todos hacían como si no existiera. Varios chicos incluso se cambiaron de colegio.
En esa situación de progresiva ruina personal, en una familia que se venía abajo y que ya no le mostraba ningún afecto –salvo la pequeña Sarah–, y cada vez más aislado del mundo circundante, fue al fin encontrado por quien tenía que encontrarlo. Con ello cambió totalmente el curso de su vida. Ocurrió un año después de que estallara la Gran Guerra, como se la llamó entonces, y que parecía algo muy lejano e indiferente. 
Un día, a la salida de la escuela –desde la cual ya estaba acostumbrado a caminar solo hasta su casa en Grossvenor Avenue, pues todos sus compañeros lo rehuían–, un hombre que estaba sentado en un banco cercano se le acercó y se presentó. Era un señor de unos cincuenta años, aunque podrían haber sido más; de mediana estatura y aspecto sencillo pero elegante. Tenía bigote y una barba corta y muy cuidada, ambos canos, como su pelo, en ese momento cubierto por un sombrero; llevaba un grueso abrigo de lana parda, abierto, de forma que dejaba ver el chaleco y la cadenilla del reloj colgándole de un bolsillo; también llevaba guantes de piel y un paraguas, aunque el día estaba despejado. Un señor distinguido, sin lugar a dudas: eso es lo que parecía. Además, todo en él –andares, gestos, la forma de hablar, la propia voz– irradiaba paz, tranquilidad; había algo sedante en su mirada, en sus ojos pardos y profundos, que aconsejaba confiar en él. Unos ojos que parecían mucho más vivos y jóvenes que el resto de su cara, como si la edad no se correspondiera.
Aquel hombre se dirigió a él con toda corrección, por el apellido, como era costumbre entonces aun tratándose de jóvenes estudiantes. Sabía perfectamente quién era, a pesar del tono interrogativo con que lo abordó. Cuando Blake, sorprendido, le dijo que efectivamente era «el señor Christopher Blake», el hombre se presentó y dijo llamarse Hoggart, aunque, añadió con una simpática sonrisa, «puedes llamarme William». Sólo tiempo después supo Blake la importancia decisiva que habría de tener William en su vida. Tras preguntarle si no le importaba que lo acompañara un trecho, a lo que el joven muchacho no puso objeción –pese a lo extraño que le parecía aquello–, el tal William le contó, caminando por el bulevar que enlazaba con Grossvenor Avenue, que era un estudioso y que había sabido de sus talentos, en los cuales estaba muy interesado por razones científicas y totalmente desinteresadas.
Aquello inquietó a Blake, que se mostró algo reticente a responder a cualquiera de las preguntas que le hacía aquel extraño personaje acerca de sus «talentos», como él los llamaba. Aun así tuvo la cortesía de escucharlo, pensando que al llegar a las cercanías de casa se libraría de él. William no perdió la paciencia ni su excepcional temple en ningún momento, y siguió hablando y preguntándole como si estuviera recibiendo alguna atención por su parte, e incluso mencionó en varias ocasiones lo «especial» que era. Nunca le habían dicho algo así a Blake; por lo menos, no en el buen sentido de la expresión.
Sólo cuando estaban llegando a su casa y Blake empezaba a disculparse por no poder seguir atendiéndolo más tiempo –dado que tenía que entrar inmediatamente–, el señor Hoggart, con un profundo cambio en su expresión, dejó de hacerle preguntas aparentemente triviales. Le describió, uno por uno, los extraños síntomas que sufría, incluso aquellos que sólo su familia conocía: los sueños, las visiones repentinas de vidas ajenas, la constante incertidumbre entre el sueño y la vigilia, entre la locura y la cordura, su facilidad para las lenguas antiguas, las sombras que crecían a su alrededor… Le dijo que aquello era inusual, sí, pero no un caso único, y que conocía a otros como él. De hecho, él mismo era uno de ellos, y sólo estaba allí para establecer contacto con él, para decirle que no estaba solo.
Blake, como es natural, se asustó al ver cuánto sabía aquel perfecto desconocido de su terrible secreto, pero a la vez experimentó una terrible curiosidad. Ese hombre parecía saber qué le pasaba, y de hecho decía sufrirlo él también. No es que se fiara mucho de él, pero lo que le decía le incumbía, y mucho. Tenía que seguir hablando con él, por más que no le apeteciera. William lo invitó a comer en algún sitio próximo para poder hablar un rato más, y Blake pensó que por qué no hacerlo; era pronto aún, y no es que en su casa estuvieran deseando que él llegara. Podría excusarse después por no haber comido con la familia. 
Así que fueron a un pequeño restaurante cercano que William conocía, donde ocuparon un reservado. Allí, mientras comían, el misterioso personaje recuperó el desenfadado tono inicial y estuvo un rato hablando de curiosidades sin importancia y demostrando una innegable erudición en las asignaturas que Blake le había dicho que eran sus preferidas. Pero, en un momento dado, cuando Blake empezaba a impacientarse y se preguntaba si habían ido allí a hablar de todo salvo de lo único que le interesaba, William le dijo que le iba a hacer una pequeña demostración. Sólo se trataba de «un truquito sin importancia», le dijo, para que pudiera creer lo que antes le había mencionado. No era menester que en aquella ocasión hablaran mucho más del tema, le aclaró; no era lugar para hacerlo cómodamente.
Lo miró con serenidad y le preguntó: «te sientes mejor ahora, ¿verdad?»; y, ciertamente, de repente Blake sentía una gran paz interior, como si nada en el mundo mereciera preocupación. «Mira», añadió William, y entonces pasó una mano horizontalmente por encima de su plato, del cual surgió una pequeña llama. Blake abrió los ojos como platos, pero inmediatamente –haciéndole pensar, incluso, si no había sido una ilusión– William volvió a pasar la mano y la llama se apagó. «Hay otros como tú, Christopher. Tienes que conocerlos; sólo así llegarás a conocerte a ti mismo y tomarás el control de tu vida, de lo que te está pasando. Pero hablaremos de eso otro día; no hay por qué apresurarse».
Tras esa demostración William siguió hablando de trivialidades, y no quiso responder a ninguna pregunta de Blake; únicamente le dijo que no hablara de ello con nadie –pues si lo hacía no lo volvería a ver–, y que ya se encontrarían en unos días. «Entretanto, sigue haciendo tu vida con normalidad», le dijo. Al terminar de comer, pagó y se fue. Blake volvió solo a casa, donde se disculpó para no comer alegando que estaba algo indispuesto; se encerró en su habitación y permaneció meditabundo el resto del día.
Pasó así más de una semana, saliendo de su habitación sólo para ir a la escuela y para comer, mientras esperaba reencontrarse cada día con ese extraño personaje en el que no podía dejar de pensar. ¿Cómo sabía tantas cosas de él? Decía que había otros con el mismo problema, incluido él mismo, pero, ¿sería verdad? Desde luego, el truco del fuego había sido llamativo, pero Blake no las tenía todas consigo. ¿Y qué significaba aquello? Si había otros como él, ¿a qué se debía? ¿Qué eran? ¿No se trataría, como le habían dicho en ocasiones –hasta su propia familia parecía pensar así–, de algo malo, diabólico? No se quitaba estos pensamientos de la cabeza. Incluso pensó en decírselo a su padre, pero la sola idea de hablar de ese tema con él, que ya prácticamente ni le dirigía la palabra, lo aterró. No, pasara lo que pasara, lo llevaría a solas. Lo asustaba más su padre que el otro tipo.
A los diez días, cuando salía de la escuela, vio al señor Hoggart de nuevo esperándolo, como el primer día. Se acercó a él dubitativo, y sin embargo en ese momento supo con claridad que al hacerlo su vida hasta ese momento había llegado a su final y que sólo aquel hombre podría, tal vez, ayudarlo a empezar otra nueva. «Me alegro mucho de volver a verte, Christopher», le dijo. «Espero que hayas reflexionado sobre lo que comentamos el otro día y que estés preparado para lo que vas a ver hoy. Es importante».
Así que se dejó llevar, Octava avenida arriba, en un bonito coche rojo, un Packard de ese mismo año que los estaba esperando. Lo conducía un hombre que en ningún momento abrió la boca. Fueron hasta la avenida Lexington y finalmente llegaron a un sólido edificio cuya fachada principal llamó inmediatamente la atención de Blake. No era distinto de otros de la zona –todas buenas construcciones propias de un barrio burgués como aquél–, pero le pareció que tenía algo mágico, como una especie de aureola que no sabría describir. Ciertamente, aquel edificio era muy singular, o cuanto menos aquello que albergaba. En ese lugar, que llegaría a ser su hogar durante décadas –por aquel entonces era uno de los edificios más altos de la zona, pero luego la ciudad creció a su alrededor hasta convertirlo en un edificio relativamente bajo–, Blake se descubrió a sí mismo y llegó a conocer la verdadera y terrible naturaleza del mundo. 
Subieron en el moderno ascensor hasta el duodécimo y último piso, donde sólo había una vivienda con una elegante puerta de roble sin placa alguna. En la entrada dejaron sombreros y abrigos a un criado de acento irlandés. El vestíbulo estaba también elegantemente amueblado y decorado, aunque sin ostentación. Encajaba muy bien con el estilo de Hoggart, le pareció a Blake; aunque enseguida, al entrar en el salón, descubrió que allí había más gente. Parecía ser, de hecho, el lugar de reunión de algún tipo de club o algo por el estilo.
En ese momento había allí seis personas, hombres y mujeres, y curiosamente todos tenían un aire similar al de Hoggart. Compartían, en efecto, ese aspecto de refinamiento y sencillez, de afabilidad y serenidad que caracterizaba a su guía. Aparentemente en ese lugar, que evidentemente no era una residencia convencional, se reunían aquellos curiosos y atractivos personajes. Al llegar, Blake los encontró cada cual a lo suyo: charlando mientras tomaban té, leyendo el periódico, meditando, etc. Cuando entraron en el salón y William anunció la compañía que traía, todos lo miraron con bastante curiosidad y lo saludaron con los mismos modales obsequiosos de aquél. Aunque al principio Blake se sintió algo cohibido, empezó a relajarse enseguida; allí se sentía a gusto, como no se había sentido en mucho tiempo, quizá nunca. No sabía por qué, pero parecía encajar bien entre aquellas personas. Tenía alguna extraña afinidad con ellas.
Hubo unas breves presentaciones. Como William era un caballero, empezó por las damas. La señora de unos cuarenta y tantos años que estaba tomando el té con otro hombre se llamaba June. Fue muy cortés, aunque algo fría; su aspecto era el de una gran dama, y Blake pensó por su acento que podría venir de Francia, aunque hablaba un perfecto inglés. Le pareció altiva, pero fascinante; tenía un brillo de inteligencia en la mirada que hizo que Blake se sintiera traspasado, como si ella pudiera leer sus pensamientos. La otra mujer, Eva, era más joven, en la veintena, y al joven muchacho le costó apartar los ojos de ella una vez que la vio; era muy bella, con un maravilloso pelo castaño y unos ojos relucientes que le parecieron tan enigmáticos como seductores. No supo decir de dónde sería, pero le pareció centroeuropea. El hombre que tomaba el té con June no le gustó a Blake desde el principio –y aquella impresión sería premonitoria–; su nombre era Richard, y se trataba de un hombre de unos cincuenta años, huesudo y con los ojos como hundidos en el rostro macilento. Se sintió examinado por él también, pero esta vez con una sensación desagradable que se correspondía con la sonrisa condescendiente de aquel hombre que llegaría a tener un poder en aquel grupo que por entonces no tenía.
El hombre muy bien vestido que leía el periódico apartado de los otros, y que se acercó sólo cuando William pronunció su nombre, era Leo, que se mostró bastante cordial. Otro, que aparentemente estaba meditando en uno de los sofás cuando ellos llegaron, y que de inmediato llamó la atención de Blake, casi tanto como William, fue presentado como Stephen. Era un hombre de cierta edad, ya avanzada, pero tan difícil de precisar como lo era, en general, la de toda aquella gente, que parecía tener algo de engañosa. Era de aspecto melancólico y algo ausente, aunque rodeado de una aureola de sabiduría y bondad. Por último, aunque era evidente que se trataba de alguien importante en ese círculo, le presentaron a Theodor, un hombre alto y corpulento, de espesa barba y cabellos rojizos y voz de trueno; irradiaba una fuerza y una voluntad que a Blake lo impresionaron.
Todos ellos tenían un halo singular, le transmitían una sensación indescriptible, como no la había tenido antes. Había una especie de energía contenida en aquella sala, algo que parecía circular entre esas personas y como chisporrotear, por así decirlo. Blake no tenía palabras para definirlo, pero le resultaba fascinante.
Además de aquellos fantásticos personajes, William le señaló a Blake –aunque ya había reparado en él, con asombro– un búho amaestrado que descansaba sobre un poste de madera al lado del gran reloj de pared, mirándolos a todos con indolencia. Le dijo que se llamaba Horus, y que era una especie de mascota. Blake no entendió eso de “una especie de mascota”, y le pareció que había algún chiste privado en esa expresión, pero tampoco quiso preguntar.
Tras las presentaciones, William condujo a Blake a la biblioteca, una estancia con enormes estantes cargados de libros que llegaban hasta el techo y en la que además había excelentes alfombras y sillones de piel; un lugar bastante acogedor, iluminado por unas lamparitas de pantalla verde. Allí estaba tranquilamente echado un enorme perro gran danés que se llamaba Lucas, le dijo William, y que los contempló sin inmutarse, como si simplemente los tolerara allí. Además de él, en uno de los sillones se encontraba, como esperándolos con expresión de infinita paciencia, otro hombre que William le presentó como Paul. Era viejo y de aspecto cansado, y lo saludó con un fuerte acento extranjero que Blake creyó que sería alemán o de algún país escandinavo. Vestía una anticuada levita y llevaba unos diminutos anteojos que se subía constantemente; pero su rostro transmitía la abrumadora impresión de conocer todas las cosas. William hizo salir al perro, que respondió dócilmente a su orden, cerró la puerta con suavidad y contempló fijamente a Blake y luego a Paul. Como buen anfitrión le ofreció a Blake, según era costumbre entonces –incluso para un muchacho de su edad–, un cigarro y un licor, aunque éste los rechazó. Nunca fumó, y por aquel entonces no había descubierto aún su amor por la bebida. Sí que aceptó un café, que el criado irlandés trajo al momento, a pesar de que nadie lo había llamado, cosa que también le pareció llamativa al chico.
–Habrás notado –rompió de repente William el silencio– que te he presentado a todos por el nombre de pila, Christopher, incluido a ti. Me ha gustado que no protestaras; muchos chicos de tu edad y clase social lo habrían hecho. Aquí solemos emplear los nombres de pila; tenemos bastante confianza. Por eso yo mismo no deseo que te dirijas a mí como Hoggart, sino simplemente William. No nos importa de dónde vengas, o quién diga la sociedad que eres, sino quién seas en realidad. Eso es lo único que nos interesa de ti. Queremos que te sientas como en tu casa. Aquí somos todos iguales.
A Blake nunca se le olvidarían aquellas palabras del que sería su mentor, ni por supuesto lo que vino a continuación. Paul dejó su taza en una mesita y lo miró fijamente; en ese momento Blake sintió un relax similar al que había sentido con William en el restaurante, y se dio cuenta de que aquellos extraños seres tenían algo que ver con ese cambio en sus estados de ánimo, como si fueran capaces de manipularlos. De repente comprendió que era una especie de anestesia emocional, y supo que algo iba a ocurrir.
Así fue, en efecto. Súbitamente se extendió una sombra alrededor de Paul, oscura como la noche, que dejó sumida la biblioteca en la más absoluta tiniebla. Se veía el resplandor de las lamparitas, como débiles puntitos en mitad de esa oscuridad terrible, pero incapaces de arrojar luz más allá de sí mismas. Blake conocía muy bien aquello, y se dio cuenta de que si Paul –o tal vez William– no le hubieran aplicado esa “anestesia”, ahora estaría muy asustado; en lugar de ello sentía pura curiosidad, fascinación. Decididamente, aquella gente podría explicarle qué le pasaba, y seguramente podrían ayudarlo a controlarlo. De improviso la densa oscuridad menguó con rapidez, y la luz empezó a intensificarse hasta convertirse en un resplandor cegador ante el que Blake tuvo que cerrar los ojos, y hasta cubrírselos con las manos; tal era la fuerza de esa luz, una luz blanca como no había visto jamás. Finalmente el resplandor cesó y todo volvió a la normalidad.
Tras esperar unos instantes a que la vista del muchacho se acostumbrara a la luz de la habitación, Paul se dirigió enigmáticamente a él:
–Esto es lo primero que debes saber, antes de todo lo demás: somos oscuridad, pero también somos luz, y una no puede darse sin la otra; todos los contrarios se necesitan, y hasta nosotros jugamos un papel importante. Nunca infravalores lo que eres –y, tras decir eso, salió de la habitación, no sin antes hacerle un sutil gesto afirmativo a William, que no pasó desapercibido a Blake.
Éste estaba impresionado y a la vez desconcertado, pero William se mostró reacio una vez más a dar cualquier tipo de explicación. Le dijo que por ese día había sido suficiente, y que volvería allí en breve, siempre que estuviera dispuesto a hacerlo. De momento tenía que regresar a su casa, con sus padres, y por supuesto no debía contar nada de lo que había presenciado a nadie. En cualquier caso, no lo iban a creer. Le advirtió además de que aquello no había sido nada, por más espectacular que le hubiera resultado; «sólo otro truco», lo llamó sonriendo.
Lo último que le dijo aquel trascendental día, acompañándolo hasta su calle, fue:
–El conocimiento es poder, muchacho. Conócete a ti mismo y lo que puedes hacer no tendrá límites. Por lo menos no aquellos a los que la gente está acostumbrada. Pero lo primero que tendrás que hacer es eso, precisamente: aprender a conocerte y quererte a ti mismo.
–¿Podré crear una luz como la que ha arrojado Paul? ¿Podré disipar las tinieblas? –preguntó Blake, que aún estaba maravillado y esperanzado con lo que había contemplado.
William soltó una carcajada:
–Christopher, lo único que ha producido Paul antes ha sido oscuridad. Tú la has contrarrestado con la luz. Has sido tú quien la ha arrojado. Por eso volveremos a vernos. Quiero ser sincero contigo: ha sido una prueba, y la has pasado satisfactoriamente.
Así empezó la formación de Blake, que en ese momento no podía ni imaginar que había estado rodeado de ángeles caídos, ni mucho menos que él fuera uno de ellos.



alt="balada de los caidos"


© 2017, D. D. Puche y Grimald Libros. 
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sábado, 24 de septiembre de 2016

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Capítulo 6


Los coches circulaban bajo una fina lluvia, sorteando el tráfico que a esas horas empezaba a ser menos denso, puesto que había pasado la hora punta. En el coche de Blake iban en silencio, y éste miraba distraído por la ventanilla. No se sentía precisamente entusiasmado ante la perspectiva de estar frente al Consejo. La última vez que estuvo allí lo condenaron al destierro. Dando vueltas a esos recuerdos vinieron a su mente, como si de una película antigua se tratara, otros de su infancia y su juventud, de la época en que fue encontrado e iniciado por William. Qué tiempos tan distintos fueron aquéllos.
Desde muy pequeño, no mucho antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, Blake había mostrado unas sorprendentes dotes –inquietantes, más bien– para memorizar cualquier cosa que leía. Y no sólo eso, sino también para entender, aunque sólo fuera superficialmente, textos o conversaciones en lenguas desconocidas tras apenas un breve contacto con las mismas. Eso, sumado a su agudeza, hizo que lo consideraran un prodigio desde la más tierna infancia… pero no todo era explicable por ser un prodigio, evidentemente. Algunas personas de su entorno –incluso de su familia– empezaron a recelar y temían acercarse a él, pues les daba miedo. Y hay quien llegó a decir, aunque siempre en voz baja y sólo al oído de otros igual de supersticiosos, que el niño estaba embrujado, poseído o maldito. Lo que no sabían era la razón que tenían, en cierto sentido. Ni él mismo lo supo hasta años más tarde.
Se sucedieron en la mente de Blake imágenes vaporosas de su juventud. Pensó en su padre, el señor Jonathan Blake, rico industrial de honorable familia, devoto creyente y rígido cabeza de familia que manejaba ésta como si de la empresa se tratara. Pensó en su madre, Anne Marie Worthington, de otra familia importante en la costa este y con fama de loca, pues desde el nacimiento de su primer hijo, Patrick, había empezado a tener extrañas visiones, y según afirmaba ella, un don profético. Su padre se avergonzaba de esa reputación de su esposa –a la que jocosamente llamaba “Casandra” la gente de su círculo– y la tenía enclaustrada en casa, de donde sólo la sacaba para actos de sociedad muy señalados, siempre tras hacerle beber unas cuantas copitas de oporto, que al parecer la calmaban. Cuánto se había acordado Blake después de ese don de su madre, del cual nunca pudo llegar a saber si era algo cierto o simples habladurías propias de la época. Pero su propio caso le hacía sospechar.
En la pubertad empezaron los sueños y las visiones, que según su padre y sus tíos paternos había heredado de su madre, para desgracia de la familia. Soñaba, y en ocasiones veía incluso despierto, como en breves fogonazos, cosas que no podía comprender. Imágenes, siempre en primera persona, de la vida de otros, de gente de diferentes épocas y lugares, de diferentes edades y condiciones. Durante unos instantes, recibía unas ráfagas sensoriales y emocionales muy fuertes. Vivía con total intensidad lo que hacían esas personas, esos desconocidos. Luego se despertaba, o salía del trance en que se había sumido, y recordaba esas imágenes con total claridad durante un corto lapso de tiempo, en el que se hallaba confuso y desorientado. Le decían que pronunciaba palabras muy raras en esos momentos, aunque luego él no las recordaba. Poco después lo olvidaba todo, como los sueños que la gente corriente no es capaz de traer a la memoria a la mañana siguiente, aunque sabe que ha soñado algo y lo tiene en la punta de la lengua.
Tuvo que aprender a callarse todas estas cosas, e incluso a ocultar como podía tales manifestaciones, porque hasta su propia familia empezó a tenerle miedo. Su padre, hombre cuya religiosidad rayaba en el fanatismo, lo detestaba abiertamente. Su hermano mayor nunca le mostró mucho aprecio, y en cuanto a su madre, cada vez estaba más alejada del mundo, incluido él mismo. No eran tiempos en los que se pudiera hablar de tales asuntos sin miedo, al margen de que se creyera o no en ellos; o precisamente porque en el fondo, aunque la gente se riera públicamente de tales cosas, aún creía en ellas. De hecho, fue quedándose sin amigos. Cuando no eran sus padres los que les prohibían verlo, eran ellos mismos los que recelaban. No sólo por temor; también por envidia, pues las capacidades de Blake le otorgaban muy a menudo ventajas tanto en la escuela como fuera de ella. Su propia familia terminó por verse afectada socialmente y esto sólo aumentó el desapego que ya sentían hacia Blake su padre y su hermano. Únicamente su hermana pequeña Sarah, una niña de gran corazón, nunca lo temió ni lo rechazó. Sólo ella lo consolaba cuando todos los demás lo dejaban de lado.
Por mucho que su padre intentó manejar la cosa con discreción y contrató a varios especialistas para que atendieran a su hijo, no sirvió de mucho. Las capacidades del joven Blake trascendieron fácilmente y, de hecho, hasta su aspecto, a medida que éstas se desarrollaban –de un modo descontrolado, azaroso–, fue volviéndose siniestro. No era mal parecido, y vestía siempre con total corrección, como era de esperar en un chico de su edad y clase social. Pero su simple presencia envolvía algo oscuro, y hacía que la mayoría de la gente a su alrededor se sintiera turbada. Esos sentimientos, al principio difusos, fueron con el tiempo enfocándose con mayor nitidez sobre él. Se advertía que emanaban de él, por así decirlo. Sin embargo, curiosamente, también había gente que se sentía bien en su cercanía, e incluso dichosa, sin que se pudiera explicar el porqué de ese diferente efecto. Por supuesto, él era el primero que no entendía nada de lo que le ocurría, y el que más temía aquellas extrañas capacidades suyas, temor que era peor que las propias consecuencias sociales que le acarreaban.
A medida que pasaban los meses, nuevos hechos extraños fueron sucediéndose. En varias ocasiones –normalmente después de alguna riña paterna, cada vez más frecuentes– ocurrió que en la habitación en que se encontraba Blake, aunque estuviera bien iluminada, se hacía bruscamente una oscuridad que ninguna luz podía contrarrestar, como si de espesa niebla negra se tratara. Esto, afortunadamente, le ocurrió siempre en casa, para estupor de su familia y pánico del servicio, varios de cuyos miembros dejaron el trabajo y contaron fuera lo sucedido. Por otro lado, sus sueños iban creciendo en número e intensidad, y casi cada noche se despertaba aterrado, llorando, pues las visiones que en ellos tenía eran cada vez más desagradables. Escuchaba voces –también de día, despierto– que le susurraban cosas al oído en extrañas lenguas que sólo parcialmente podía comprender; voces que le hablaban del infierno y la perdición. Los médicos y psicólogos no podían ayudarlo, por no hablar de los sacerdotes ante los que su padre también lo llevó en bastantes ocasiones. Se estaba volviendo loco. Ni la medicina ni la oración parecían servir de nada, y varias veces pensó en quitarse la vida, si bien al final nunca tuvo el valor de hacerlo. Sólo junto a su hermana un pequeño brillo de consuelo crecía en su interior.
Por si fuera poco, los problemas lo seguían a la escuela, una de las más prestigiosas y elitistas de la ciudad. Terminó quedándose sin ningún amigo, y sus compañeros de clase lo marginaron por completo: nadie le dirigía la palabra. Estaba siempre solo, y cuando pasaba frente a un grupo se callaban todos mientras él estuviera presente, o incluso lo insultaban. Era considerado un bicho raro por todo el mundo. Hasta sus profesores mostraron una actitud distante y desconfiada hacia él, y eso que sus notas eran excelentes: su soledad le hizo entregarse aún más al estudio, en el que siempre había sido bueno, sobre todo en latín, griego, filosofía e historia. Leía muchísimo, y su extraordinaria facilidad para los idiomas y su portentosa retentiva le permitieron alcanzar muy rápido un nivel similar o superior al de sus profesores, lo cual aumentó todavía más el recelo que éstos sentían hacia él. Al cabo de algún tiempo los demás muchachos dejaron de hostigarlo, porque cada vez que alguien le hacía algún comentario ofensivo o le tiraba una bola de papel o lo que fuera, todos en las proximidades empezaban a sentirse físicamente mal: tenían dolores de cabeza, náuseas y otros síntomas. Lo dejaron en paz, y de hecho todos hacían como si no existiera. Varios chicos incluso se cambiaron de colegio.
En esa situación de progresiva ruina personal, en una familia que se venía abajo y que ya no le mostraba ningún afecto –salvo la pequeña Sarah–, y cada vez más aislado del mundo circundante, fue al fin encontrado por quien tenía que encontrarlo. Con ello cambió totalmente el curso de su vida. Ocurrió un año después de que estallara la Gran Guerra, como se la llamó entonces, y que parecía algo muy lejano e indiferente. 
Un día, a la salida de la escuela –desde la cual ya estaba acostumbrado a caminar solo hasta su casa en Grossvenor Avenue, pues todos sus compañeros lo rehuían–, un hombre que estaba sentado en un banco cercano se le acercó y se presentó. Era un señor de unos cincuenta años, aunque podrían haber sido más; de mediana estatura y aspecto sencillo pero elegante. Tenía bigote y una barba corta y muy cuidada, ambos canos, como su pelo, en ese momento cubierto por un sombrero; llevaba un grueso abrigo de lana parda, abierto, de forma que dejaba ver el chaleco y la cadenilla del reloj colgándole de un bolsillo; también llevaba guantes de piel y un paraguas, aunque el día estaba despejado. Un señor distinguido, sin lugar a dudas: eso es lo que parecía. Además, todo en él –andares, gestos, la forma de hablar, la propia voz– irradiaba paz, tranquilidad; había algo sedante en su mirada, en sus ojos pardos y profundos, que aconsejaba confiar en él. Unos ojos que parecían mucho más vivos y jóvenes que el resto de su cara, como si la edad no se correspondiera.
Aquel hombre se dirigió a él con toda corrección, por el apellido, como era costumbre entonces aun tratándose de jóvenes estudiantes. Sabía perfectamente quién era, a pesar del tono interrogativo con que lo abordó. Cuando Blake, sorprendido, le dijo que efectivamente era «el señor Christopher Blake», el hombre se presentó y dijo llamarse Hoggart, aunque, añadió con una simpática sonrisa, «puedes llamarme William». Sólo tiempo después supo Blake la importancia decisiva que habría de tener William en su vida. Tras preguntarle si no le importaba que lo acompañara un trecho, a lo que el joven muchacho no puso objeción –pese a lo extraño que le parecía aquello–, el tal William le contó, caminando por el bulevar que enlazaba con Grossvenor Avenue, que era un estudioso y que había sabido de sus talentos, en los cuales estaba muy interesado por razones científicas y totalmente desinteresadas.
Aquello inquietó a Blake, que se mostró algo reticente a responder a cualquiera de las preguntas que le hacía aquel extraño personaje acerca de sus «talentos», como él los llamaba. Aun así tuvo la cortesía de escucharlo, pensando que al llegar a las cercanías de casa se libraría de él. William no perdió la paciencia ni su excepcional temple en ningún momento, y siguió hablando y preguntándole como si estuviera recibiendo alguna atención por su parte, e incluso mencionó en varias ocasiones lo «especial» que era. Nunca le habían dicho algo así a Blake; por lo menos, no en el buen sentido de la expresión.
Sólo cuando estaban llegando a su casa y Blake empezaba a disculparse por no poder seguir atendiéndolo más tiempo –dado que tenía que entrar inmediatamente–, el señor Hoggart, con un profundo cambio en su expresión, dejó de hacerle preguntas aparentemente triviales. Le describió, uno por uno, los extraños síntomas que sufría, incluso aquellos que sólo su familia conocía: los sueños, las visiones repentinas de vidas ajenas, la constante incertidumbre entre el sueño y la vigilia, entre la locura y la cordura, su facilidad para las lenguas antiguas, las sombras que crecían a su alrededor… Le dijo que aquello era inusual, sí, pero no un caso único, y que conocía a otros como él. De hecho, él mismo era uno de ellos, y sólo estaba allí para establecer contacto con él, para decirle que no estaba solo.
Blake, como es natural, se asustó al ver cuánto sabía aquel perfecto desconocido de su terrible secreto, pero a la vez experimentó una terrible curiosidad. Ese hombre parecía saber qué le pasaba, y de hecho decía sufrirlo él también. No es que se fiara mucho de él, pero lo que le decía le incumbía, y mucho. Tenía que seguir hablando con él, por más que no le apeteciera. William lo invitó a comer en algún sitio próximo para poder hablar un rato más, y Blake pensó que por qué no hacerlo; era pronto aún, y no es que en su casa estuvieran deseando que él llegara. Podría excusarse después por no haber comido con la familia. 
Así que fueron a un pequeño restaurante cercano que William conocía, donde ocuparon un reservado. Allí, mientras comían, el misterioso personaje recuperó el desenfadado tono inicial y estuvo un rato hablando de curiosidades sin importancia y demostrando una innegable erudición en las asignaturas que Blake le había dicho que eran sus preferidas. Pero, en un momento dado, cuando Blake empezaba a impacientarse y se preguntaba si habían ido allí a hablar de todo salvo de lo único que le interesaba, William le dijo que le iba a hacer una pequeña demostración. Sólo se trataba de «un truquito sin importancia», le dijo, para que pudiera creer lo que antes le había mencionado. No era menester que en aquella ocasión hablaran mucho más del tema, le aclaró; no era lugar para hacerlo cómodamente.
Lo miró con serenidad y le preguntó: «te sientes mejor ahora, ¿verdad?»; y, ciertamente, de repente Blake sentía una gran paz interior, como si nada en el mundo mereciera preocupación. «Mira», añadió William, y entonces pasó una mano horizontalmente por encima de su plato, del cual surgió una pequeña llama. Blake abrió los ojos como platos, pero inmediatamente –haciéndole pensar, incluso, si no había sido una ilusión– William volvió a pasar la mano y la llama se apagó. «Hay otros como tú, Christopher. Tienes que conocerlos; sólo así llegarás a conocerte a ti mismo y tomarás el control de tu vida, de lo que te está pasando. Pero hablaremos de eso otro día; no hay por qué apresurarse».
Tras esa demostración William siguió hablando de trivialidades, y no quiso responder a ninguna pregunta de Blake; únicamente le dijo que no hablara de ello con nadie –pues si lo hacía no lo volvería a ver–, y que ya se encontrarían en unos días. «Entretanto, sigue haciendo tu vida con normalidad», le dijo. Al terminar de comer, pagó y se fue. Blake volvió solo a casa, donde se disculpó para no comer alegando que estaba algo indispuesto; se encerró en su habitación y permaneció meditabundo el resto del día.
Pasó así más de una semana, saliendo de su habitación sólo para ir a la escuela y para comer, mientras esperaba reencontrarse cada día con ese extraño personaje en el que no podía dejar de pensar. ¿Cómo sabía tantas cosas de él? Decía que había otros con el mismo problema, incluido él mismo, pero, ¿sería verdad? Desde luego, el truco del fuego había sido llamativo, pero Blake no las tenía todas consigo. ¿Y qué significaba aquello? Si había otros como él, ¿a qué se debía? ¿Qué eran? ¿No se trataría, como le habían dicho en ocasiones –hasta su propia familia parecía pensar así–, de algo malo, diabólico? No se quitaba estos pensamientos de la cabeza. Incluso pensó en decírselo a su padre, pero la sola idea de hablar de ese tema con él, que ya prácticamente ni le dirigía la palabra, lo aterró. No, pasara lo que pasara, lo llevaría a solas. Lo asustaba más su padre que el otro tipo.
A los diez días, cuando salía de la escuela, vio al señor Hoggart de nuevo esperándolo, como el primer día. Se acercó a él dubitativo, y sin embargo en ese momento supo con claridad que al hacerlo su vida hasta ese momento había llegado a su final y que sólo aquel hombre podría, tal vez, ayudarlo a empezar otra nueva. «Me alegro mucho de volver a verte, Christopher», le dijo. «Espero que hayas reflexionado sobre lo que comentamos el otro día y que estés preparado para lo que vas a ver hoy. Es importante».
Así que se dejó llevar, Octava avenida arriba, en un bonito coche rojo, un Packard de ese mismo año que los estaba esperando. Lo conducía un hombre que en ningún momento abrió la boca. Fueron hasta la avenida Lexington y finalmente llegaron a un sólido edificio cuya fachada principal llamó inmediatamente la atención de Blake. No era distinto de otros de la zona –todas buenas construcciones propias de un barrio burgués como aquél–, pero le pareció que tenía algo mágico, como una especie de aureola que no sabría describir. Ciertamente, aquel edificio era muy singular, o cuanto menos aquello que albergaba. En ese lugar, que llegaría a ser su hogar durante décadas –por aquel entonces era uno de los edificios más altos de la zona, pero luego la ciudad creció a su alrededor hasta convertirlo en un edificio relativamente bajo–, Blake se descubrió a sí mismo y llegó a conocer la verdadera y terrible naturaleza del mundo. 
Subieron en el moderno ascensor hasta el duodécimo y último piso, donde sólo había una vivienda con una elegante puerta de roble sin placa alguna. En la entrada dejaron sombreros y abrigos a un criado de acento irlandés. El vestíbulo estaba también elegantemente amueblado y decorado, aunque sin ostentación. Encajaba muy bien con el estilo de Hoggart, le pareció a Blake; aunque enseguida, al entrar en el salón, descubrió que allí había más gente. Parecía ser, de hecho, el lugar de reunión de algún tipo de club o algo por el estilo.
En ese momento había allí seis personas, hombres y mujeres, y curiosamente todos tenían un aire similar al de Hoggart. Compartían, en efecto, ese aspecto de refinamiento y sencillez, de afabilidad y serenidad que caracterizaba a su guía. Aparentemente en ese lugar, que evidentemente no era una residencia convencional, se reunían aquellos curiosos y atractivos personajes. Al llegar, Blake los encontró cada cual a lo suyo: charlando mientras tomaban té, leyendo el periódico, meditando, etc. Cuando entraron en el salón y William anunció la compañía que traía, todos lo miraron con bastante curiosidad y lo saludaron con los mismos modales obsequiosos de aquél. Aunque al principio Blake se sintió algo cohibido, empezó a relajarse enseguida; allí se sentía a gusto, como no se había sentido en mucho tiempo, quizá nunca. No sabía por qué, pero parecía encajar bien entre aquellas personas. Tenía alguna extraña afinidad con ellas.
Hubo unas breves presentaciones. Como William era un caballero, empezó por las damas. La señora de unos cuarenta y tantos años que estaba tomando el té con otro hombre se llamaba June. Fue muy cortés, aunque algo fría; su aspecto era el de una gran dama, y Blake pensó por su acento que podría venir de Francia, aunque hablaba un perfecto inglés. Le pareció altiva, pero fascinante; tenía un brillo de inteligencia en la mirada que hizo que Blake se sintiera traspasado, como si ella pudiera leer sus pensamientos. La otra mujer, Eva, era más joven, en la veintena, y al joven muchacho le costó apartar los ojos de ella una vez que la vio; era muy bella, con un maravilloso pelo castaño y unos ojos relucientes que le parecieron tan enigmáticos como seductores. No supo decir de dónde sería, pero le pareció centroeuropea. El hombre que tomaba el té con June no le gustó a Blake desde el principio –y aquella impresión sería premonitoria–; su nombre era Richard, y se trataba de un hombre de unos cincuenta años, huesudo y con los ojos como hundidos en el rostro macilento. Se sintió examinado por él también, pero esta vez con una sensación desagradable que se correspondía con la sonrisa condescendiente de aquel hombre que llegaría a tener un poder en aquel grupo que por entonces no tenía.
El hombre muy bien vestido que leía el periódico apartado de los otros, y que se acercó sólo cuando William pronunció su nombre, era Leo, que se mostró bastante cordial. Otro, que aparentemente estaba meditando en uno de los sofás cuando ellos llegaron, y que de inmediato llamó la atención de Blake, casi tanto como William, fue presentado como Stephen. Era un hombre de cierta edad, ya avanzada, pero tan difícil de precisar como lo era, en general, la de toda aquella gente, que parecía tener algo de engañosa. Era de aspecto melancólico y algo ausente, aunque rodeado de una aureola de sabiduría y bondad. Por último, aunque era evidente que se trataba de alguien importante en ese círculo, le presentaron a Theodor, un hombre alto y corpulento, de espesa barba y cabellos rojizos y voz de trueno; irradiaba una fuerza y una voluntad que a Blake lo impresionaron.
Todos ellos tenían un halo singular, le transmitían una sensación indescriptible, como no la había tenido antes. Había una especie de energía contenida en aquella sala, algo que parecía circular entre esas personas y como chisporrotear, por así decirlo. Blake no tenía palabras para definirlo, pero le resultaba fascinante.
Además de aquellos fantásticos personajes, William le señaló a Blake –aunque ya había reparado en él, con asombro– un búho amaestrado que descansaba sobre un poste de madera al lado del gran reloj de pared, mirándolos a todos con indolencia. Le dijo que se llamaba Horus, y que era una especie de mascota. Blake no entendió eso de “una especie de mascota”, y le pareció que había algún chiste privado en esa expresión, pero tampoco quiso preguntar.
Tras las presentaciones, William condujo a Blake a la biblioteca, una estancia con enormes estantes cargados de libros que llegaban hasta el techo y en la que además había excelentes alfombras y sillones de piel; un lugar bastante acogedor, iluminado por unas lamparitas de pantalla verde. Allí estaba tranquilamente echado un enorme perro gran danés que se llamaba Lucas, le dijo William, y que los contempló sin inmutarse, como si simplemente los tolerara allí. Además de él, en uno de los sillones se encontraba, como esperándolos con expresión de infinita paciencia, otro hombre que William le presentó como Paul. Era viejo y de aspecto cansado, y lo saludó con un fuerte acento extranjero que Blake creyó que sería alemán o de algún país escandinavo. Vestía una anticuada levita y llevaba unos diminutos anteojos que se subía constantemente; pero su rostro transmitía la abrumadora impresión de conocer todas las cosas. William hizo salir al perro, que respondió dócilmente a su orden, cerró la puerta con suavidad y contempló fijamente a Blake y luego a Paul. Como buen anfitrión le ofreció a Blake, según era costumbre entonces –incluso para un muchacho de su edad–, un cigarro y un licor, aunque éste los rechazó. Nunca fumó, y por aquel entonces no había descubierto aún su amor por la bebida. Sí que aceptó un café, que el criado irlandés trajo al momento, a pesar de que nadie lo había llamado, cosa que también le pareció llamativa al chico.
–Habrás notado –rompió de repente William el silencio– que te he presentado a todos por el nombre de pila, Christopher, incluido a ti. Me ha gustado que no protestaras; muchos chicos de tu edad y clase social lo habrían hecho. Aquí solemos emplear los nombres de pila; tenemos bastante confianza. Por eso yo mismo no deseo que te dirijas a mí como Hoggart, sino simplemente William. No nos importa de dónde vengas, o quién diga la sociedad que eres, sino quién seas en realidad. Eso es lo único que nos interesa de ti. Queremos que te sientas como en tu casa. Aquí somos todos iguales.
A Blake nunca se le olvidarían aquellas palabras del que sería su mentor, ni por supuesto lo que vino a continuación. Paul dejó su taza en una mesita y lo miró fijamente; en ese momento Blake sintió un relax similar al que había sentido con William en el restaurante, y se dio cuenta de que aquellos extraños seres tenían algo que ver con ese cambio en sus estados de ánimo, como si fueran capaces de manipularlos. De repente comprendió que era una especie de anestesia emocional, y supo que algo iba a ocurrir.
Así fue, en efecto. Súbitamente se extendió una sombra alrededor de Paul, oscura como la noche, que dejó sumida la biblioteca en la más absoluta tiniebla. Se veía el resplandor de las lamparitas, como débiles puntitos en mitad de esa oscuridad terrible, pero incapaces de arrojar luz más allá de sí mismas. Blake conocía muy bien aquello, y se dio cuenta de que si Paul –o tal vez William– no le hubieran aplicado esa “anestesia”, ahora estaría muy asustado; en lugar de ello sentía pura curiosidad, fascinación. Decididamente, aquella gente podría explicarle qué le pasaba, y seguramente podrían ayudarlo a controlarlo. De improviso la densa oscuridad menguó con rapidez, y la luz empezó a intensificarse hasta convertirse en un resplandor cegador ante el que Blake tuvo que cerrar los ojos, y hasta cubrírselos con las manos; tal era la fuerza de esa luz, una luz blanca como no había visto jamás. Finalmente el resplandor cesó y todo volvió a la normalidad.
Tras esperar unos instantes a que la vista del muchacho se acostumbrara a la luz de la habitación, Paul se dirigió enigmáticamente a él:
–Esto es lo primero que debes saber, antes de todo lo demás: somos oscuridad, pero también somos luz, y una no puede darse sin la otra; todos los contrarios se necesitan, y hasta nosotros jugamos un papel importante. Nunca infravalores lo que eres –y, tras decir eso, salió de la habitación, no sin antes hacerle un sutil gesto afirmativo a William, que no pasó desapercibido a Blake.
Éste estaba impresionado y a la vez desconcertado, pero William se mostró reacio una vez más a dar cualquier tipo de explicación. Le dijo que por ese día había sido suficiente, y que volvería allí en breve, siempre que estuviera dispuesto a hacerlo. De momento tenía que regresar a su casa, con sus padres, y por supuesto no debía contar nada de lo que había presenciado a nadie. En cualquier caso, no lo iban a creer. Le advirtió además de que aquello no había sido nada, por más espectacular que le hubiera resultado; «sólo otro truco», lo llamó sonriendo.
Lo último que le dijo aquel trascendental día, acompañándolo hasta su calle, fue:
–El conocimiento es poder, muchacho. Conócete a ti mismo y lo que puedes hacer no tendrá límites. Por lo menos no aquellos a los que la gente está acostumbrada. Pero lo primero que tendrás que hacer es eso, precisamente: aprender a conocerte y quererte a ti mismo.
–¿Podré crear una luz como la que ha arrojado Paul? ¿Podré disipar las tinieblas? –preguntó Blake, que aún estaba maravillado y esperanzado con lo que había contemplado.
William soltó una carcajada:
–Christopher, lo único que ha producido Paul antes ha sido oscuridad. Tú la has contrarrestado con la luz. Has sido tú quien la ha arrojado. Por eso volveremos a vernos. Quiero ser sincero contigo: ha sido una prueba, y la has pasado satisfactoriamente.
Así empezó la formación de Blake, que en ese momento no podía ni imaginar que había estado rodeado de ángeles caídos, ni mucho menos que él fuera uno de ellos.


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