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miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL CEMENTERIO

   
   La luz plomiza de un amanecer de otoño se deslizó suavemente bajo la rendija de la persiana, que no había bajado del todo. Le gustaba despertar con los primeros rayos del sol, y encontraba su momento de mayor paz, el único en realidad, en ese intervalo entre la madrugada y los primeros ruidos de la mañana, cuando el mundo vuelve a la vida. Le agradaba esa impresión de que todo le pertenecía durante un rato. Ese rato en que uno, reparado por el sueño, puede estar a solas consigo mismo, sabiendo que no va a ser molestado.
   Le hubiera agradado tomar un café, pero no tenía, ni nada que desayunar, así que se levantó, todavía extrañado por encontrarse allí de nuevo, y fue al baño a lavarse la cara. Se la secó con una toalla que sacó de un cajón y que estaba tiesa y rasposa –todo en aquel ático estaba viejo y reseco, como flores muertas–, y se miró en el espejo en el que tantas veces se había visto reflejado; tal vez por eso mismo se vio diferente, como no se había visto antes. Su mirada se había vuelto más oscura, y su boca se cerraba en una expresión dura. Su largo viaje había dejado en él una profunda huella de cansancio. No es que no hubiera advertido antes ese sutil cambio en las facciones que señala el paso del tiempo, pero ahora lo veía de otro modo, tomaba plena consciencia de él y del agotamiento que sentía. 
    Se vistió y pensó en tomar un café rápido por el camino; tenía cosas que hacer, lugares y gente que visitar. Y tenía muy claro cuál iba a ser su primera visita. Tenía que enfrentarse a sus recuerdos.
    Cosa de una hora después se encontraba en el principal cementerio de la ciudad, de hecho otra enorme ciudad de lápidas que no parecía tener fin y que se prolongaba hasta donde llega la vista sobre la suave ondulación de las tierras que circundan Hellstown por el oeste. Cualquiera vería allí una infinidad de lápidas de mármol reflejando la mortecina luz de aquella mañana, pero él veía mucho más. Una visión terrible que está reservada a los de su condición. En realidad, más que de una visión habría que hablar de una intuición, de algo que se capta más bien con la piel que con los ojos; pero cualquier intento de describirlo no es más que una metáfora, pues no podemos explicar aquello que somos incapaces de experimentar.
   Lo que Blake captaba allí con mucha intensidad era la presencia de la muerte, como una pátina que cubría todo, tanto las losas blancas, negras y grises como la hierba o los árboles. Estaba en el aire, e incluso en el triste trinar de los pájaros que revoloteaban por allí. Sentía toda esa energía a su alrededor, como una especie de luz difusa, como un sonido sordo, como un roce en la piel; y a la vez no se parecía a nada de esto, y parecía ser como un espejismo que se desvanecía a cada instante, para reaparecer al siguiente. Él ya estaba muy acostumbrado a esa sensación, a esa aura que rodea los camposantos y otros lugares especiales, como los templos –diferente en cada uno, como una señal de identidad–. Ese telurismo que afecta inadvertidamente a todo aquel que los pisa, y que Blake y los suyos podían percibir nítidamente. Al fin y al cabo, ellos son mucho más afines a la muerte y a lo espiritual que los demás.
   Caminó por la hierba húmeda por el rocío hasta el panteón de los Blake, donde descansaban los restos de su familia, de la cual era el único superviviente. Había sido una importante familia de la costa este, propietaria de industrias textiles que dieron mucho dinero en la segunda mitad del siglo XIX y en el primer cuarto del XX. Blake aún recordaba con cierta nostalgia la gran casa en la que vivían la mayor parte del año, en Grossvenor Avenue, en la zona alta de la ciudad, a principios del siglo pasado.
    Pero las relaciones con su familia nunca fueron buenas, sobre todo desde que él empezó a manifestar los primeros indicios de su extraña naturaleza en la pubertad. Pronto empezó a tener una fama de bicho raro de la que su familia se sintió muy avergonzada ante la “sociedad”, como se decía entonces –es decir, entre la clase pudiente–. Ello hizo que lo relegaran aún más en favor de su hermano mayor, Patrick, que heredó el carácter calculador de su linaje y que mantendría sin duda el buen nombre y la fortuna familiar. La única que siempre lo quiso sin reservas fue su hermana pequeña, Sarah, una muchacha soñadora y afable que lo llamaba Chris, a pesar de la rabia que a él le daba. Ésta siempre lo abrazaba después de las humillaciones a las que lo sometía su padre, cuando él se refugiaba en su habitación para llorar sin que nadie lo viera.
    No muchos años después de que él se fuera de casa con la que sería su nueva familia durante décadas, los Señores de la Llama Eterna, todos ellos fueron muriendo en circunstancias cuanto menos extrañas. Primero el padre, que había tenido siempre una salud de hierro, murió de un ataque al corazón en su palco privado de la ópera, durante una representación de Idomeneo. Meses después cayó su madre, aquejada de una extraña enfermedad neurológica contra la que los mejores médicos de la ciudad nada pudieron hacer; se dijo que la muerte del señor Blake la había dejado tan debilitada anímicamente que apenas opuso resistencia a la enfermedad.
    A los dos años Patrick, convertido en el líder del clan, fue asesinado en la casa familiar, junto con su mujer –pues estaba ya casado– y su hija pequeña, por unos ladrones a los que descubrió una malhadada noche. En cuanto a su hermana, y esto es lo que más le dolió cuando lo supo, tras la muerte de los padres quedó muy afectada, y fue internada en un sanatorio mental de Nueva Inglaterra por su hermano, al parecer demasiado ocupado para hacerse cargo de ella personalmente. Al saber de la muerte violenta de éste, de su cuñada y su sobrina, según le fue contado a Blake, se suicidó ahorcándose en su habitación con las sábanas. Y así, la fortuna familiar se deshizo, repartida entre los familiares más próximos. Al final Patrick tampoco pudo mantenerla.
    Ése fue el trágico final de la familia Blake, cuyo único miembro vivo había desaparecido varios años atrás y al que se daba por muerto. Una familia marcada por la desgracia, de lo cual dejaron constancia la prensa y los chismes de la alta sociedad, antes de pasar a olvidarlos casi inmediatamente, como si nunca hubieran existido. El dinero nunca llora demasiado tiempo por nadie. Todo lo que quedaba del antiguo esplendor de los Blake estaba ahora delante del último de sus miembros, bautizado como Christopher. Ahora estaban todos juntos, reunidos tras la muerte.
    El último de los Blake pensó en lo triste que es poder ver a todos los miembros fallecidos de una familia a la vez, o mejor dicho, la tumba que encierra sus restos. Hubo un tiempo, que se prolongó bastante a decir verdad, en el que el mero recuerdo de su familia –a excepción de su hermana– le hacía sentir un profundo odio. Pero de eso hacía ya tanto, tanto tiempo… casi un siglo. Los recuerdos de entonces se hacían vaporosos e imprecisos, y al fin y al cabo, pensó, eran los de un muchacho, que se refugió en el afecto más eficaz contra el miedo, o sea, el odio, y ello pese a las advertencias al respecto de William, que siempre le dijo que no se dejara llevar por tan peligrosa emoción. Por supuesto que ya no sentía nada de eso, sino sólo una tenue tristeza. Únicamente se acordaba algunas veces, muy de cuando en cuando, de la buena de Sarah. Pero tampoco mucho; ni siquiera recordaba con mucha precisión su rostro. Tan sólo conservaba una vaga impresión de su sonrisa.
    Tras permanecer allí unos minutos dejó una rosa roja sobre la entrada del panteón, no sin antes limpiarla de los yerbajos que habían crecido frente a ella en aquel descuidado cementerio donde yacían tantas almas olvidadas.
    Entonces, bajo un cielo que se nublaba por momentos, echó a andar hacia una zona mucho más reciente del cementerio, razón por la cual estaba bastante más lejos, en dirección opuesta a la ciudad. Tras una larga caminata, todavía con una rosa en la mano, llegó a una tumba más humilde que el panteón de su familia. Una pequeña tumba, rodeada de hierba alta, con una discreta lápida en la que estaba grabado el nombre de su ocupante: Karen Hudson. La tumba de su amada, por la que fue expulsado de Hellstown y del que había sido su mundo hasta entonces. Al leer su nombre sintió un dolor que casi lo hizo car de rodillas; aun así se contuvo y permaneció varios minutos de pie, sin hacer un gesto, frente a la tumba.
    Allí estaba de nuevo, dos décadas después, y era como si no hubiera pasado ni un minuto desde el día en que la perdió. Únicamente había sido un paréntesis inútil, pues de nuevo se encontraba desolado, muerto por dentro, justo como aquel día. Tan sólo había aprendido a controlar el dolor, sus manifestaciones, pero la angustia era tan fuerte como al principio. Como una cuchilla que se le clavaba lenta e interminablemente en el corazón. Todo lo demás, el mundo entero, dejaba de tener importancia, de existir siquiera; le parecía como si sólo estuvieran él y esa tumba que contenía los restos de ella, sus huesos. Eso era todo lo que quedaba.
    Lo embargó una sensación de irrealidad, como de estar dentro de un sueño, aunque en este caso era más bien una pesadilla. Ella ya no estaba, no estaba desde hacía veinte años, y no volvería a estar… Todo parecía mentira, una broma macabra, como si fuera a despertarse de un momento a otro para encontrarla a su lado, en la cama. Y sin embargo, sabía perfectamente que no sería así, y el tormento lo desgarraba por dentro. Sin ella nada tenía sentido, todo era absurdo. ¿Cómo podía seguir girando el mundo, si ella había muerto? ¿Cómo podía toda la gente levantarse cada día y hacer su vida, si ella no lo podía hacer?
    La existencia misma le pareció a Blake un teatro de sombras chinescas, una farsa; sombras y oscuridad. Sólo con su muerte había llegado él a experimentar algo que William siempre le decía, algo que parece mera teoría hasta que uno no se ha enfrentado al verdadero dolor: que la tierra que pisamos no es otra cosa que el Hades, que éste y no otro es el mundo de las tinieblas. William decía que, por eso mismo, no hay que compadecer a los muertos, pues ellos han conseguido escapar de este infierno; pero eso a él no lo consolaba. Si la vida es el infierno, entonces sólo tiene sentido estar en él. Por eso precisamente no se había suicidado, lo cual hubiera sido la salida más fácil, el camino directo al olvido: porque alguien tenía que recordarla, entonces y siempre. No podía permitir que su recuerdo, lo único que quedaba de ella, se esfumara como humo en una tempestad.
    Su recuerdo… Era tan dulce, tan sonriente. Siempre parecía feliz, por todo. O por lo menos sabía aparentarlo muy bien. Hay personas que tienen ese extraño don de alegrar a los demás, gente cuya sola presencia produce bienestar, esperanza. Ella era una de esas raras personas, y estaba con él. ¡Con él, que nunca mereció a alguien así! Ella no preguntaba ni juzgaba, simplemente vivía la vida con intensidad. Era como un regalo para Blake, que no había conocido una felicidad así antes. Pero, naturalmente, él no merecía ese regalo… Y quienquiera que se lo hubiera dado, los cielos o el destino, quien fuera, sólo le había permitido saborear ese don brevemente para luego arrancárselo; para que el dolor fuera mucho mayor que si nunca lo hubiera probado. Pero, ¿por qué tenía que pagarlo ella? ¿Por qué tenía que morir?
    Recordaba el día del accidente segundo a segundo, con total nitidez, como si fueran los fotogramas de una película que pudiera pasar a cámara lenta una y otra vez, deteniéndose en cada detalle. Ese día absurdo y fatídico en que ella salió a la calle y no vio al coche venir, o el conductor no la vio a ella, o ambas cosas. El conductor que huyó, dejándola allí, muerta en el suelo, con la cabeza destrozada. Él, que estaba en ese momento en la otra punta de la ciudad, tuvo consciencia en ese mismo instante de que había ocurrido algo terrible, de que a ella le había pasado algo.
    Volvió a casa lo más deprisa que pudo y encontró cerca de allí a la policía, tomando declaración a testigos. Una multitud se arremolinaba alrededor del cadáver de Karen, cubierto con una manta plástica plateada, esperando que llegara el forense para ordenar el levantamiento. Él se abrió paso hasta ella y retiró esa indigna mortaja lo suficiente para ver su cara llena de sangre, sus ojos desvaídos, su boca entreabierta por la que había escapado su último aliento. La vio así un instante, antes de que la policía lo separara de ella. Nunca se supo del conductor, y Blake tampoco hizo ningún esfuerzo por encontrarlo. ¿Para qué? Ella ya estaba muerta. Nada podía reparar eso.
    De hecho, sólo se culpó a sí mismo, lo que hizo que el tormento fuera mucho mayor. No es que no hubiera podido salvarla, sino mucho peor: ella había muerto por su culpa. De ahí su más profunda amargura. Él la había condenado, le había transmitido su maldición. Había destruido aquello que más había amado y querido proteger, y precisamente por eso, por haberla amado tanto. Si él no se hubiera cruzado en su vida, ahora Karen estaría viva, estaría sonriente y feliz, como siempre solía estar. O al menos eso quería pensar Blake. Había sido una broma cruel del destino, y el hecho de que él no hubiera podido prever lo que ocurriría no le hacía sentirse mejor.
    La vida le quitaba siempre a los que él más quería. Su familia –cuanto menos Sarah–, luego William, y por último Karen. El mal hado lo perseguía adonde quiera que fuese, y esperaba a que él empezara a sentirse feliz, a sentirse en su casa, para arruinar esa ilusión, para despertarlo de ese dulce sueño. En realidad, su destino lo castigaba por ser quien era, o mejor dicho, por ser lo que era. No le concedía el derecho a ser feliz; a su alrededor todos morían o desaparecían. El mensaje era claro: no podría jamás estar con mortales, ya no pertenecía a esa estirpe y su compañía y amor le habían sido negados. Su mano marchitaría todas las flores que tocara. Estaba condenado a la soledad más absoluta, la de saber que siempre se estará solo, que no hay compañía reservada para uno. Que siempre se será desgraciado, se haga lo que se haga y se esté donde se esté. Nunca conocería a nadie como ella, lo sabía, y ése era en sí mismo el mayor castigo. Era el precio a pagar por enamorarse de una mortal, pese a todas las advertencias que pesaban sobre él.
   Ése era otro motivo de sus tribulaciones. Poco después de que Karen muriera, Blake empezó a sospechar de los suyos, de los Señores. Creyó que ellos estaban tras su muerte, que cumplían de esa terrible forma la prohibición de mezclarse. Y esas sospechas fueron las que en realidad lo delataron y condujeron a su expulsión. Con el tiempo había llegado a plantearse si no estaba loco, si el atropello no pudo ser un accidente sin más. Y puede que así fuera; pero no por eso iba a dejar de tener dudas razonables. Así que tras su regreso también estaba, en parte, la silenciosa determinación de averiguar qué es lo que había pasado realmente hacía veinte años. Y si encontraba algo, cualquier indicio de que los suyos estaban implicados, haría lo que tuviera que hacer, con independencia de las consecuencias. Ya nada podía empeorar para él; no le quedaba nada, salvo la soledad. Hasta la muerte sería un consuelo.
  La eterna soledad, ésa era su única compañía. La soledad y la bebida, en la cual naufragaban los restos de su vida, lenta pero inexorablemente. La muerte nos pone a todos en nuestro sitio, se decía a menudo Blake. Nos recuerda quiénes somos en realidad. Y nunca engaña; es sincera en extremo.
   Había otros mortales a los que conoció y frecuentó en aquellos años dorados en Hellstown. Siempre le fue grata su compañía, porque le recordaban lo que una vez fue y muchas veces quiso haber seguido siendo. Le parecían un hilo invisible que lo atara a la cordura, pues el mundo al que él pertenecía era un mundo de locura y horrores. Precisamente porque no pertenecían a ese mundo oculto ni sabían nada de él es por lo que podía considerarlos verdaderos amigos, y no meros compañeros. Entre estos últimos la amistad era algo realmente difícil, pues los amigos que no se escogen, sino que vienen impuestos, es muy difícil que lleguen a ser tales.
    Pensó especialmente en dos o tres de esos mortales con los que había compartido muy buenos momentos. Se preguntó si todavía estarían vivos. A diferencia de los suyos, a los que siempre tendría tiempo para ver, los mortales viven contra el reloj. Los días son para ellos lo que los meses para Blake y los suyos; el tiempo se les escapa como agua entre los dedos, con la conciencia de lo irreversible. Por eso decidió visitar a alguno de ellos en primer lugar.
Dejó una rosa blanca sobre la tumba, tras pasar la mano sobre ella y quitarle algo de tierra y suciedad. Se sacó del bolsillo un pequeño trozo de papel doblado en el que había copiado un poema, lo abrió, y lo puso al lado de la rosa, bajo una piedrecita. Tras ello miró la lápida una vez más y se alejó, despacio, en dirección a la ciudad.



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